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19.4.14

Los gatos y sus escritores: Gabriel García Márquez y "Eva está dentro de su gato"

Se murió Gabriel García Márquez. Ya le tocaba descansar, vivía un poco ido desde hace poco.

Cuando tenía 21 años, en 1947***, publicó su segundo cuento en el suplemento “Fin de Semana” de El Espectador. Como a un escritor se le homenajea leyéndolo, les incluyo un cuento poco conocido.

Es un cuento frenético, de realidades trastocadas, mimetismos, muerte y vida y espíritu y carne, de sueños y limbo y un universo puesto al revés. Es una base que después se vería en casi toda su obra.

Éste es un cuento que deja ver esa capacidad de volcar universos en palabras e insertar al lector en medio de la confusión y hacerlo parte, de saltos en el tiempo y de temas esenciales: vida muerte resurrección.

Presenta a una mujer enferma de belleza, un niño muerto enterrado bajo un naranjo, una casa, un deseo, el sentimiento físico de la sangre vs. el sentimiento físico de la incorporeidad, la sensación de querer una naranja.

También les pongo este cuento porque es de un gato. Un gato que no se deja atrapar semejante a este texto que se nos escapa como humo, ubicuo. Hay que relajarse y dejar que el cuento fluya.

(versión en pdf)

Eva está dentro de su gato
De pronto notó que se le había derrumbado su belleza que llegó a dolerle físicamente como un tumor o como un cáncer. Todavía recordaba el peso de ese privilegio que llevó sobre su cuerpo durante la adolescencia y que ahora había dejado caer —¡quién sabe dónde!— con un cansancio resignado, con un último gesto de animal decadente. Era imposible seguir soportando esa carga por más tiempo. Había que dejar en cualquier parte ese inútil adjetivo de su personalidad; ese pedazo de su propio nombre que a la fuerza de acentuarse había llegado a sobrar. Sí; había que abandonar la belleza en cualquier parte; a la vuelta de una esquina, en un rincón suburbano. O dejarla olvidada en el ropero de un restaurante de segunda clase como un viejo abrigo inservible. Estaba cansada de ser el centro de todas las atenciones, de vivir asediada por los ojos largos de los hombres. En la noche, cuando clavaba en sus párpados los alfileres del insomnio, hubiera deseado ser mujer ordinaria, sin atractivos. Dentro de las cuatro paredes de su habitación todo le era hostil. Desesperada, sentía prolongarse la vigilia por debajo de su piel, por su cabeza, empujando la fiebre hacia arriba, hacia la raíz de su cabello. Era como si sus arterias se hubieran poblado de unos insectos diminutos y calientes que con la cercanía de la madrugada, diariamente, se despertaban y recorrían con sus patas movedizas, en una desgarradora aventura subcutánea, ese pedazo de barro frutecido donde se había localizado su belleza anatómica. En vano luchaba por ahuyentar aquellos animales terribles. No podía. Eran parte de su propio organismo. Habían estado allí, vivos, desde mucho antes de su existencia física. Venían desde el corazón de su padre que los había alimentado dolorosamente en sus noches de soledad desesperada.

O tal vez habían desembocado a sus arterias por el cordón que la llevó atada a su madre desde el principio del mundo. Era indudable que esos insectos no habían nacido espontáneamente dentro de su cuerpo. Ella sabía que venían de atrás, que todos los que llevaron su apellido tuvieron que soportarlos, que tuvieron que sufrirlos como ella cuando el insomnio se hacía invencible hasta la madrugada. Eran esos insectos los mismos que pintaban ese gesto amargo, esa tristeza inconsolable en el rostro de sus antepasados. Ella los había visto mirar desde su apagada existencia, desde su retrato, antiguo, víctimas de esa misma angustia. Todavía recordaba el rostro inquietante de la bisabuela que desde su lienzo envejecido pedía un minuto de descanso, un segundo de paz a esos insectos que allá, en los canales de su sangre, seguían martirizándola y embelleciéndola despiadadamente. No; esos insectos no eran suyos. Venían transmitiéndose de generación a generación sosteniendo con su diminuta armadura todo el prestigio de una casta selecta; dolorosamente selecta. Esos insectos habían nacido en el vientre de la primera madre que tuvo una hija bella. Pero era necesario, urgente, detener esa herencia. Alguien tenía que renunciar a seguir transmitiendo esa belleza artificial. De nada valía a las mujeres de su estirpe admirarse de sí mismas al regresar del espejo, si durante las noches esos animales hacían su labor lenta y eficaz, sin descanso, con una constancia de siglos. Ya no era una belleza, era una enfermedad que había que detener, que había que cortar en forma enérgica y radical.

Todavía recordaba las horas interminables en aquel lecho sembrado de agujas calientes. Aquellas noches en que ella trataba de empujar el tiempo para que con la llegada del día esas bestias dejaran de doler. ¿De qué servía una belleza así? Noche a noche, hundida en su desesperación, pensaba que más le hubiera valido ser una mujer vulgar, o ser hombre; pero no tener esa virtud inútil, alimentada por insectos de remotos orígenes que le estaban precipitando la llegada irrevocable de la muerte. Tal vez sería feliz si tuviera el mismo desgarbo, esa misma fealdad desolada de su amiga checoslovaca que tenía nombre de perro. Más le hubiera valido ser fea, para tener un sueño apacible como el de cualquier cristiano.



Maldijo a sus antepasados. Ellos tenían la culpa de su vigilia. Ellos, que habían transmitido esa belleza invariable, exacta, como si después de muertas las madres sacudieran y renovaran las cabezas para injertarlas en los troncos de las hijas. Era como si la misma cabeza, una cabeza sola, hubiera venido transmitiéndose, con unas mismas orejas, con igual nariz, con idéntica boca, con su pesada inteligencia, en todas las mujeres, quienes tenían que recibirla irremediablemente como un doloroso patrimonio de belleza. Era allí, en la transmisión de la cabeza, donde venía ese microbio eterno que a través de las generaciones se había acentuado, había tomado personalidad, fuerza, hasta convertirse en un ser invencible, en una enfermedad incurable que al llegar a ella, después de haber pasado por un complicado proceso de censuración, ya ni podía soportarse y era amarga y dolorosa... Exactamente como un tumor o como un cáncer.

En esas horas de desvelo era cuando se acordaba de las cosas desagradables a su fina sensibilidad. Recordaba esos objetos que constituían el universo sentimental donde se habían cultivado, como en un caldo químico, aquellos microbios desesperantes. En esas noches, con los redondos ojos abiertos y asombrados, soportaba el peso de la oscuridad que caía sobre sus sienes como un plomo derretido. En derredor suyo dormían todas las cosas. Y desde su rincón, ella trataba de repasar, para distraer su sueño, sus recuerdos infantiles.

Pero siempre esa recordación terminaba con un terror por lo desconocido. Siempre su pensamiento, después de vagar por los oscuros rincones de la casa, se encontraba frente a frente con el miedo. Entonces empezaba la lucha. La verdadera lucha contra tres enemigos inconmovibles. No podría —no, no podría jamás— sacudir el miedo de su cabeza. Tenía que soportarlo apretado a su garganta. Y todo por vivir en ese caserón antiguo, por dormir sola en aquel rincón, apartada del resto del mundo.

Siempre su pensamiento se iba por los húmedos pasadizos oscuros sacudiendo de los retratos el polvo seco cubierto de telarañas. Ese polvo inquietante y tremendo que caía de arriba, desde ese sitio en que se estaban deshaciendo los huesos de sus antepasados. Invariablemente se acordaba de “el niño”. Allá lo imaginaba, sonámbulo, debajo de la hierba, en el patio, junto al naranjo con un puñado de tierra mojada dentro de la boca. Le parecía verlo en su fondo arcilloso, cavando hacia arriba con las uñas, con los dientes, huyéndole al frío que le mordía la espalda; buscando la salida al patio por ese pequeño túnel donde lo habían metido con los caracoles. En el invierno lo oía llorar con su llanto chiquito, sucio de barro, traspasado por la lluvia. Lo imaginaba completo. Tal como lo habían dejado cinco años atrás, en aquel hueco lleno de agua. No podía pensar que se hubiera descompuesto. Al contrario, debía de ser bellísimo navegando en esa agua espesa como en un viaje sin salida. O lo veía vivo pero asustado, miedoso de sentirse solo, enterrado en un patio tan sombrío. Ella misma se había opuesto a que lo dejaran allí, debajo del naranjo, tan cercano a la casa. Le tenía miedo. Sabía que en las noches en que la persiguiera la vigilia él lo adivinaría. Regresaría por los anchos corredores a pedirle que lo acompañara, a pedirle que lo defendiera de esos otros insectos que se estaban comiendo la raíz de sus violetas. Volvería a que lo dejara dormir a su lado como cuando era vivo. Ella tenía miedo de sentirlo de nuevo a su lado después de haber saltado el muro de la muerte. Tenía miedo de robar esas manos que “el niño” traería siempre cerradas para calentar su pedacito de hielo. Ella quería, después de que lo vio convertido en cemento como la estatua del miedo tumbada sobre el lino, quería que se lo llevaran lejos para no recordarlo en la noche. Y sin embargo lo habían dejado allí donde ahora estaba imperturbable, astroso, alimentando su sangre con el barro de las lombrices. Y ella tenía que resignarse a verlo regresar desde su fondo de tinieblas. Porque siempre invariablemente, cuando se desvelaba se ponía a pensar en “el niño” que debía estar llamándola desde su pedazo de tierra para que lo ayudara a fugarse de esa muerte absurda.

Pero ahora, en su nueva vida intemporal, inespacial, estaba más tranquila. Sabía que allá, fuera de su mundo, todo seguía marchando con el mismo ritmo de antes; que su habitación debía de estar aún sumida en la madrugada y que sus cosas, sus muebles, sus trece libros favoritos, permanecían en su puesto. Y que en su lecho, desocupado, apenas empezaba a desvanecerse el aroma corpóreo que ocupaba ahora su vacío de mujer entera. Pero, ¿cómo pudo suceder “eso”? ¿Cómo ella, después de ser una mujer bella, con la sangre poblada de insectos, perseguida por el miedo en la noche total, había dejado la pesadilla inmensa, insomne, para ingresar ahora a un mundo extraño,desconocido, en donde habían sido eliminadas todas las dimensiones? Recordó. Aquella noche —la de su tránsito— hacía más frío que de costumbre y ella estaba sola en la casa, martirizada por el insomnio. Nadie perturbaba el silencio, y el olor que subía del jardín, era un olor a miedo. El sudor brotaba de su cuerpo como si la sangre de sus arterias se estuviera derramando con su carga de insectos. Deseaba que alguien pasara por la calle, alguien que gritara, que rompiera aquella atmósfera detenida. Que se moviera algo en la naturaleza, que volviera la tierra a girar alrededor del sol. Pero fue inútil. Ni siquiera despertarían esos hombres imbéciles que se habían quedado dormidos debajo de su oreja, dentro de la almohada. Ella también estaba inmóvil. Las paredes manaban un fuerte olor a pintura fresca, ese olor espeso, grande, que no se siente con el olfato sino con el estómago. Y sobre la mesa el reloj único, golpeando el silencio con su máquina mortal. “¡El tiempo... oh, el tiempo...!”, suspiró ella recordando a la muerte. Y allá, en el patio, debajo del naranjo, seguía llorando “el niño” con su llanto chiquito desde el otro mundo.

Acudió a todas sus creencias. ¿Por qué no amanecía en aquel momento o se moría de una vez? Nunca creyó que la belleza fuera a costarle tantos sacrificios. En aquel momento —como de costumbre— seguía doliéndole por encima del miedo. Y por debajo del miedo seguían martirizándola esos implacables insectos. La muerte se le había apretado a la vida como una araña que la mordía rabiosamente, dispuesta a hacerla sucumbir. Pero estaba de-morando el último instante. Sus manos, esas manos que los hombres apretaban imbécilmente, con manifiesta nerviosidad animal, estaban inmóviles, paralizadas por el miedo, por ese terror irracional que venía de adentro, sin ningún motivo, sólo por saberse abandonada en aquella casa antigua. Trató de reaccionar y no pudo. El miedo la había absorbido totalmente y continuaba allí, fijo, tenaz, casi corpóreo; como si fuera una persona invisible que se había propuesto no salir de su habitación. Y lo que más la intranquilizaba era que ese miedo no tuviera justificación alguna, que fuera un miedo único, sin razón; un miedo porque sí.



La saliva se había vuelto espesa en su lengua. Era mortificante entre sus dientes esa goma dura que se le pegaba al paladar y fluía sin que ella pudiera contenerla. Era un deseo distinto a la sed. Un deseo superior que estaba experimentando por primera vez en su vida. Por un momento se olvidó de su belleza, de su insomnio y de su miedo irracional. Se desconoció a sí misma. Por un instante creyó que habían salido los microbios de su cuerpo. Sentía que se habían venido pegados a su saliva. Sí; todo eso estaba muy bien. Bien que los insectos la hubieran despoblado y que ahora pudiera dormir. Pero era necesario encontrar un medio para disolver aquella resina que le embotaba la lengua. Si pudiera llegar hasta la despensa y... ¿Pero en qué estaba pensando? Tuvo un golpe de sorpresa. Nunca había sentido “ese deseo”. La urgencia de la acidez la había debilitado, volviendo inútil la disciplina que había seguido fielmente durante tantos años, desde el día en que sepultaron a “el niño”. Era una tontería, pero sentía asco de comerse una naranja. Sabía que “el niño” había subido hasta los azahares y que las frutas del próximo otoño estarían hinchadas de su carne, refrescadas con la tremenda frescura de su muerte. No. No podía comerlas. Sabía que debajo de cada naranjo, en todo el mundo, había un niño enterrado que endulzaba las frutas con la cal de sus huesos. Sin embargo ahora tenía que comerse una naranja. Era el único remedio para esa goma que la estaba ahogando. Era una tontería pensar que “el niño” estaba dentro de una fruta. Aprovecharía ese momento en que la belleza había dejado de dolerle para llegar hasta la despensa. Pero... ¿no era raro aquello? Era la primera vez en su vida que sentía verdaderos deseos de comerse una naranja. Se puso alegre, alegre. ¡Ah, qué placer! ¡Comerse una naranja! No sabía por qué, pero nunca tuvo un deseo más imperativo. Se levantaría. feliz de ser otra vez una mujer normal; cantando alegremente llegaría hasta la despensa; cantando alegremente, como una mujer nueva, recién nacida. Llegaría inclusive hasta el patio y...

Su recuerdo se tronchaba de pronto. Recordaba que había tratado de levantarse y que ya no estaba en su cama, que había desaparecido su cuerpo, que no estaban allí sus trece libros favoritos y que ella no era ya ella. Ahora estaba incorpórea, flotando, vagando sobre una nada absoluta, convertida en un punto amorfo, pequeñísimo, sin dirección. No podía precisar lo sucedido. Estaba confundida. Sólo tenía la sensación de que alguien la había empujado al vacío desde lo alto de un precipicio. Y nada más. Pero ahora no sentía ninguna reacción. Se sentía convertida en un ser abstracto, imaginario. Se sentía convertida en una mujer incorpórea; algo como si de pronto hubiera ingresado en ese alto y desconocido mundo de los espíritus puros.

Volvió a tener miedo. Pero era un miedo distinto al del momento anterior. Ya no era el miedo al llanto de “el niño”. Era un terror por lo extraño, por lo misterioso y desconocido de su nuevo mundo. ¡Y pensar que después todo eso había sucedido tan inocentemente, con tanta ingenuidad de su parte! ¿Qué iba a decir a su madre cuando al llegar a la casa se iba a enterar de lo acontecido? Empezó a pensar en la alarma que se produciría en los vecinos cuando abrieran la puerta de su habitación y descubrieran que el lecho estaba vacío, que las cerraduras no habían sido tocadas, que nadie había podido entrar o salir y que sin embargo ella no estaba allí. Imaginó el gesto desesperado de su madre buscándola por toda la habitación, haciendo conjeturas, preguntándose a sí misma “qué habría sido de esa niña”. La escena se le presentaba clara. Acudirían los vecinos y empezarían a tejer comentarios —algunos maliciosos— sobre su desaparición. Cada cual pensaría según su propio y particular modo de pensar. Cada cual trataría de dar la explicación más lógica, la más aceptable al menos, en tanto que su madre correría por los pasadizos del caserón, desesperada, llamándola por su nombre.

Y ella estaría allí. Contemplaría el momento detalle a detalle desde su rincón, desde el techo, desde las hendiduras del muro, desde cualquier parte; desde el ángulo más propicio, escudada en su estado incorpóreo, en su inespacialidad. La intranquilizaba pensarlo. Ahora se daba cuenta de su error. No podría dar ninguna explicación, aclarar nada, consolar a nadie. Ningún ser vivo podría ser informado de su transformación. Ahora —quizás la única vez que los necesitaba— no tendría una boca, unos brazos, para que todos supieran que ella estaba allí, en su rincón, separada del mundo tridimensional por una distancia insalvable. En su nueva vida estaba aislada, totalmente impedida de captar sensaciones. Pero a cada momento algo vibraba en ella, un estremecimiento que la recorría, inundándola, la hacía saber de ese otro universo físico que se movía fuera de su mundo. No oía, no veía, pero sabía de ese sonido y de esa visión. Y allá, en la altura de su mundo superior, empezó a saber que un ambiente de angustia la rodeaba.

Hacía apenas un segundo —de acuerdo con nuestro mundo temporal— que se había realizado el tránsito, de manera que sólo ahora empezaba ella a conocer las modalidades, las características de su nuevo mundo. En torno suyo giraba una oscuridad absoluta, radical. ¿Hasta cuándo durarían esas tinieblas? ¿Tendría que acostumbrarse a ellas eternamente? Su angustia aumentó de concentración al saberse hundida en esa niebla espesa, impenetrable: ¿estaría en el limbo? Se estremeció. Recordó todo lo que había oído decir alguna vez sobre el limbo. Si en verdad estaba allí, a su lado flotaban otros espíritus puros de niños que murieron sin bautismo, que habían estado muriendo durante mil años. Trató de buscar en la sombra la vecindad de esos seres que debían de ser mucho más puros, mucho más simples que ella. Aislados por completo del mundo físico, condenados a una vida sonámbula y eterna. Tal vez estaba “el niño” persiguiendo una salida para llegar hasta su cuerpo.

Pero no. ¿Por qué tendría que estar en el limbo? ¿Acaso había muerto? No. Simplemente fue un cambio de estado, un tránsito normal del mundo físico a un mundo más fácil, descomplicado, en el que habían sido eliminadas todas las dimensiones.

Ahora no tenía que sufrir esos insectos subcutáneos. Su belleza se había derrumbado. Ahora, en esa situación elemental, podía ser feliz. Aunque... —¡oh!— no completamente feliz porque ahora su más grande deseo, el deseo de comerse una naranja, se había hecho irrealizable. Era por lo único que hubiera querido estar todavía en su primera vida. Para poder satisfacer la urgencia de la acidez que persistía aún después del tránsito. Trató de orientarse a fin de llegar hasta la despensa y sentir, siquiera, la fresca y agria compañía de las naranjas. Fue entonces cuando descubrió una nueva modalidad de su mundo: estaba en todas partes de la casa, en el patio, en el techo, hasta en el propio naranjo de “el niño”. Estaba en todo el mundo físico más allá. ¡Y sin embargo no estaba en ninguna parte! De nuevo se intranquilizó. Había perdido el control sobre sí misma. Ahora estaba sometida a una voluntad superior, era un ser inútil, absurdo, inservible. Sin saber por qué empezó a ponerse triste. Casi comenzó a sentir nostalgia por su belleza: por esa belleza que ella había desperdiciado tontamente.

Pero una idea suprema la reanimó. ¿No había oído decir acaso que los espíritus puros pueden penetrar a voluntad en cualquier cuerpo? Después de todo, ¿qué perdía con intentarlo? Trató de recordar cuál de los habitantes de la casa podría ser sometido a la prueba. Si lograba realizar su propósito quedaría satisfecha: podría comerse la naranja. Recordó. A esa hora la gente del servicio no acostumbraba estar allí. Su madre no había llegado todavía. Pero la necesidad de comerse una naranja unida ahora a la curiosidad de verse encarnada en un cuerpo distinto al suyo, la obligaba a actuar cuanto antes. Pero no había allí nadie en quien encarnarse. Era una razón desoladora: no había nadie en la casa. Tendría que vivir eternamente aislada del mundo exterior, en su mundo adimensional, sin poder comerse la primera naranja. Y todo por una tontería. Hubiera sido mejor seguir soportando unos años más esa belleza hostil y no anularse para siempre, inutilizarse como una bestia vencida. Pero ya era demasiado tarde.



Iba a retirarse, decepcionada, a una región distante del universo, a una comarca donde pudiera olvidarse de todos sus pasados deseos terrenos. Pero algo la hizo desistir bruscamente. En su comarca desconocida se abrió la promesa de un futuro mejor. Sí: había alguien en la casa en quien podría reencarnarse: ¡en el gato! Vaciló luego. Era difícil resignarse a vivir dentro de un animal. Tendría una piel suave, blanca, y habría en sus músculos concentrada una gran energía para el salto. En la noche sentiría brillar sus ojos en la sombra como dos brasas verdes. Y tendría unos dientes blancos, agudos, para sonreírle a su madre desde su corazón felino con una ancha y buena sonrisa animal. ¡Pero no...! No podía ser. Se imaginó de pronto metida dentro del cuerpo del gato, recorriendo otra vez los pasadizos de la casa, manejando cuatro patas incómodas y aquella cola se movería suelta, sin ritmo, ajena a su voluntad. ¿Cómo sería la vida desde esos ojos verdes y luminosos? En la noche se iría a maullarle al cielo para que no derramara su cemento enlunado sobre el rostro de “el niño” que estaría bocarriba bebiéndose el rocío. Tal vez en su situación de gato también sienta miedo. Y tal vez, al fin de todo no podría comerse la naranja con esa boca carnívora. Un frío venido de allí mismo, nacido en la propia raíz de su espíritu tembló en su recuerdo. No. No era posible encarnarse en el gato. Tenía miedo de sentir un día en su paladar, en su garganta, en todo su organismo cuadrúpedo, el deseo irrevocable de comerse un ratón. Probablemente cuando su espíritu empiece a poblar el cuerpo del gato ya no sentiría deseos de comerse una naranja sino el repugnante y vivo deseo de comerse un ratón. Se estremeció al imaginarlo preso entre sus dientes después de la cacería. Lo sintió debatirse en sus últimos intentos de fuga, tratando de liberarse para llegar otra vez hasta su cueva. No. Todo menos eso. Era preferible seguir allí eternamente, en ese mundo lejano y misterioso de los espíritus puros.

Pero era difícil resignarse a vivir olvidada para siempre. ¿Por qué tenía que sentir deseos de comerse un ratón? ¿Quién primaría en esa síntesis de mujer y gato? ¿Primaría el instinto animal, primitivo, del cuerpo, o la voluntad pura de mujer? La respuesta fue clara, cristalina. Nada había que temer. Se encarnaría en el gato y se comería su deseada naranja. Además sería un ser extraño, un gato con inteligencia de mujer bella. Volvería a ser el centro de todas las atenciones... Fue entonces, por primera vez, cuando comprendió que por sobre todas sus virtudes estaba imperando su vanidad de mujer metafísica.

Como un insecto cuando pone en guardia sus antenas así orientó ella su energía por toda la casa en busca del gato. A esa hora debía de estar aún sobre la estufa soñando que despertará con un tallo de valeriana entre los dientes. Pero no estaba allí. Volvió a buscarlo, pero ya no encontró la estufa. La cocina no era la misma. Los rincones de la casa le eran extraños; ya no eran aquellos oscuros rincones llenos de telaraña. El gato no estaba en ninguna parte. Buscó por los tejados, en los árboles, en los canales, debajo de la cama, en la despensa. Todo lo encontró confundido. Donde creyó encontrar, otra vez, los retratos de sus antepasados, no encontró sino un frasco con arsénico. De allí en adelante encontró arsénico en toda la casa, pero el gato había desaparecido. La casa no era ya la misma de antes. ¿Qué había sido de sus cosas? ¿Por qué sus trece libros favoritos estaban cubiertos ahora de una espesa capa de arsénico? Recordó el naranjo del patio. Lo buscó y trató de encontrar otra vez “el niño’’ en su hueco de agua. Pero no estaba el naranjo en su sitio y “el niño” no era ya sino un puño de arsénico con ceniza bajo una pesada plataforma de concreto. Ahora sí dormía definitivamente. Todo era distinto. Y la casa tenía un fuerte olor arsenical que golpeaba el olfato como desde el fondo de una droguería.

Sólo entonces comprendió ella que habían pasado ya tres mil años desde el día en que tuvo deseos de comerse la primer naranja.


*** No encuentro la referencia precisa, puede ser entre el número 81 al 86, porque la referencia dada es que después de “Tercera resignación”, su primer cuento publicado en el número 80, publicó su segundo cuento de 2 a 6 semanas después. Luego fue el Bogotazo y no publicó más ahí.


29.11.11

El condor cruza la frontera

Estados Unidos tiene una gran consideración a los derechos de autor, a la protección del copyright, a decirle NO a la piratería y a la descarga ilegal de música y libros y películas y series. (Aunque, a decir verdad, en los 3 años que llevo acá en gringolandia, en las tiendas no he podido conseguir ningún producto cultural o no-cultural latinoamericano. No hay ni libros en español, ni música, ni películas, ni nada, pareciera que el muro no es solamente para las personas, sino también para que Café Tacuba o Julieta Venegas no se vayan a meter a un Best Buy o a un Walmart y quitarle el trabajo a los artistas gringos). Sin embargo, de todas formas, me sorprende a veces el cinismo con el que manejan estas circunstancias.

Por ejemplo, la revista con la que me acabo de topar, "El Güero"...

Saltémonos que son “100% fictisios” y que tienen “All Rigths Reserved”, tienen copyright y queda “prohibida la reproducción total o parcial de este número impreso en Wisconsin”.

En su página de internet dicen:
  • Es una revista de humor de publicación mensual.
  • El target market es mexicano, centro y sudamericano. (Wáchate el target desde la troca man!)
  • Somos la única revista dedicada al humor. (¿Es o somos? A pues ver, decídanse)
  • Se distribuyen 10 mil ejemplares totalmente GRATUITO para el público. (Serán gratuitos)
  • Es una revista de colección.
  • Sus chistes son blancos, es decir que la pueden leer tanto niños como adultos, hombre y mujeres de cualquier clase social. (hombres. ¿y lo blanco tiene que ver con edad, género o clase social? ) (leer más fuente)

Después de ojear la revista (y hojearla) me di cuenta que el estilo me parecía similar a algo, los trazos del dibujo, el tipo de chistes que se hacen, la tipografía...no sé, me daba la impresión de haberla visto antes...

Así que les pongo 3 páginas de la autóctona, protegida por derechos de autor y copyright, única revista de humor en Estados Unidos cuyo mercado es mexicano, centro y sudamericano, la única, exclusiva, 100% original y fictisia revista “El Güero”:
El Güero, Noviembre 2011

¡Broom!

¡Plaf!

¿Será acaso que me recuerda a... Condorito ¡Plop! que diga, ¡Plaf!
Plop

Plop

Plop

Plop


Entonces, el humor característico de Condorito, el cual tiene más de 40 años en el mercado, es muy sencillo. Cada página es un chiste independiente, inconexo a los otros. Generalmente son chistes medio machistas (en cambio El Güero  que es “humor blanco”, en otras palabras, blando, políticamente correcto, diluido para no ofender, algo así como unos jalapeños genéticamente diseñados para que no piquen ). El chiste es casi siempre de un personaje que hace el ridículo o es la víctima de una broma y el último cuadro termina con el “punch-line” y un sonido (plop). (ver más )

Así que, aquí lo tienen, imposible conseguir Condorito en las tiendas, totalmente prohibido descargarla, dificilísimo importarla. Pero la versión con copyright, derechos de autor, protección y sello gringo, 100% blanco, latinoamericanizado para su consumo y pudor, para ustedes... totalmente gratuita.



2.10.11

De la dignidad felina

Aquí en gringolandia los animales son otra manifestación más del ego. 

La gente tiene como mascotas a perros y gatos y pájaros e iguanas y cerdos y los más exóticos etcéteras que definan lo chic que son. Que se convierten en extensiones de ellos. Se espera que la mascota pierda su animalidad y adopte una especie de infantilismo humano, se desea que las mascotas sean mini personas. 

Por ejemplo, si alguien trae a un perro en el parque se cree que si cien niños corren hacia el perro, éste debe ser dócil, simpático y alegre. Aquí no se le enseña a los niños que no metan sus manitas llenas de hotdog a la boca del pitbull.

En esa línea confieso que le hice algo terrible al gato... le compré un disfraz...

¿miau?

¿miauuuu?


mph, miau, rrrr

miajajaja

mph, miau, RRRRRRR


Acto seguido el gato corrió al balcón. Escuché un ruido cuas y llegó corriendo el gato.

Me escupió a los pies un pajarito muerto, bueno, moribundo, boqueaba y tenía tantita sangre. Estaba en trámite de defunción. Lo puse en una cajita de zapatos y lo dejé afuera, porque no había nada más que pudiera hacer.

Nunca traten de quitarle lo gato al gato. Los gatos son... y son con moraleja.

miau miau power, ¿cómo chingados no?

bua

9.6.11

No andaba muerta

La edigator andaba de parranda.

Fuimos a San Francisco de volada, en teoría era ruta de paso pero tuvimos que detenernos a saludar al mar, comernos un pescado y mirar el famoso puente Dorado.

Así que antes de entrar a la ciudad decidimos ir a verlo desde un lugar espectacular. Existe un mirador llamado Hawk Hill, el cual está arriba de la montaña y se puede ver toda la bahía. En verdad, esperábamos esto:


Pero, como siempre, la realidad sin photoshop tiende a ser diferente, y nos tocó esto:

16.3.10

Soon to be criminal, maybe

Pues es posible que me convierta en un criminal muy pronto. No voy a cambiar nada de mi comportamiento ni acciones, pero puedo ser un criminal aún así.

Ni siquiera voy a cometer un pecado, quizás un poco de gula. Pero no cometeré ninguno de esos casos que la ley ha determinado como crímenes de atentar contra alguien: ni tomaré algo que es de alguien más, ni algo que no es mío (como esas bicicletas que han estado todo el invierno bajo la nieve sin que alguien las recoja); ni atentaré contra persona o cosa, no voy a romper nada ni atacar a nadie. Tampoco le haré daño a mi propio cuerpo, que legalmente no me pertenece, así que ni drogas, ni beber o fumar antes de la mayoría de edad, o no usar casco al andar en bicicleta. Tampoco violaré aquellas normas establecidas para el “bien común”: no me voy a encadenar a ningún árbol, tampoco voy a gritar cosas racistas u ofensivas. Tampoco haré ofensas administrativas: pagaré mis impuestos, no haré fraude ni dinero falso. Tampoco cometeré un crimen con mi mente, porque no es necesario actuar para ser criminal, sólo con tener la intención es suficiente: no voy a planear un asalto, ni intentar contactar un menor para proposiciones indecorosas, ni voy a decir que voy a colocar una bomba. Tampoco efectuaré nada en mi persona que dañe la moral o las buenas costumbres establecidas por el ímpetu moralista en boga: ni me voy a casar con alguien de mi mismo sexo, ni veré pornografía, ni intentaré utilizar a mi gato de maneras profanas o perversas, ni (gasp) me convertiré al Islam.
En corto, no haré nada diferente a lo que hago todos los días. Pero de todas formas, podría ser un criminal.

¿En qué estado fascista vives, edigator? Se estarán preguntando. ¿Cómo es posible que alguien sea un criminal sin hacer nada, sin tener siquiera la intención de hacer nada? ¿Es posible que exista algún lugar que pueda enjuiciarte y meterte a la cárcel (no necesariamente en ese orden) sólo por existir?

Pues sí.

Como estoy estudiando el doctorado en Estados Unidos y soy mexicana, necesito una visa. Mi visa caduca en mayo. Si no voy a México y renuevo mi visa, me convertiré en un Illegal Alien. Esto es, en un criminal. En un criminal considerado que atenta contra la seguridad nacional de Estados Unidos. Esto es, me convertiré en un terrorista.

Para ser capturada no tengo que hacer nada. Claro, si cometo una infracción, como cruzar la calle por el centro y no en la esquina, y no presento papeles, puedo ser detenida. Pero ahora incluso si voy a Walmart, o a cualquier otra tienda en la que pueden hacer redadas, y me piden mis papeles y no los presento, puedo ser detenida. En suma, no tengo que hacer nada.

Edigator, futuro criminal. Beware!

22.9.09

¿Te estás divirtiendo?

Cuando estás en un espacio público realizando una actividad en común, (digamos en un concierto) y uno de tus amig@s te pregunta, “¿te estás divirtiendo?”, bajo la interrogante de tu estado particular de ánimo existe un juicio subyacente, una queja, una increpación directa hacia ti. Oh sí.
Porque la “diversión” es una expresión externa tuya la cual se conforma según lo que los demás están haciendo. Si en el anterior concierto tu novi@ brinca y baila y mueve los brazos por aquí y las caderas para allá y tus amigos se quitaron las camisas y las están incendiando y tú los miras, sin muecas, sin sonrisas, cruzado de brazos, alguien podría preguntarte, “¿te estás divirtiendo?”
Entonces ¡OJO! cuando te preguntan “te estás divirtiendo” te están diciendo, realmente, quizás de manera subyacente, pero definitivamente ahí: “por qué carajos no estás actuando como el resto de nosotros”.

Divertirse es imitar. Punto.

Por eso the edigator odia los parques de diversiones. Es un lugar donde una empresa afirma el colectivo, específicamente para indicarte cómo te comportes y cómo seas. Aquí viene uno a divertirse. Y uno se divierte gritando así, bailando asá, haciendo todas cosas exactamente como el resto de los demás. Divertirse es ser parte de un grupo, divertirse es comprar la admisión para el paquete feliz: amigos, sentimientos, experiencias e identidad.

¿No tiene una personalidad definida? Entonces, ¡a divertirse! Compre aquí su recuerdo.


9.11.08

con el frío

Con esto del frío, para salir uno tiene que ponerse cosas.
Porque hay que tapar las partes expuestas, guantes, lo que revelamos, gorro, lo que exteriorizamos, bufanda, eso que se enfría, zapatos cerrados, pero cubrir más lo que se muestra, abrigo.
Y así sale uno envuelto en marcas y peso y repelente del clima.
(Porque uno cree que sale también, abajo de todo eso)
Luego cae un copo de nieve. Se mete al ojo. Uno parpadea y se derrite.
(Dicen que no hay dos copos iguales, ¿quién ha visto todos los copos?)
Y al llegar a la casa, uno se desviste: gorro, guantes, bufanda, abrigo, zapatos, calcetines, pantalones, blusa, rostro.
Queda como un aire medio gris y luego puf, se escurre por debajo de la puerta.


Y luego ya no hay más.

28.10.08

The Jalogüín Special III

Es tan raro que sea octubre y no ver mariposas.
Entonces cuando hace viento entrecierro los ojos y puedo distinguir que las hojas que caen son las monarca.
Casi reconozco a aquel que llega después de subirse a una montaña y terminar en el barranco o la sombra de aquella que imaginó una vida. Casi los percibo que regresan a echarnos un vistazo, bien breve.
Luego caen al suelo y son nuevamente hojas.
Hojas secas.
Crujen y ya.

17.10.08

las cloacas

Los tlacuaches y los gatos viven en las cloacas de México. Son aletargados, obscuros, nostálgicos. Esperan la noche para salir de la madriguera urbana y lamer los postes para contagiarlos de penumbra. Quien cae en una coladera es rodeado por estos seres, lo envuelven de pelusa negra y barro y lo llenan de ceguedad. Y le hunden los ojos, para que se los trague, hasta que sólo le queda ver para adentro.
Pero acá, en las rejillas uno observa una ráfaga de rojo, una línea de verde. Zapatos enormes. En Estados Unidos en las cloacas viven los payasos. Salen de día y los demás aplauden. Ellos se alimentan de temores, de pesadillas y de recuerdos. No te contagian ni te llenan. Toman todo. Lo absorben y te secan. Tu cara se contrae en un rictus que parece risa. Y te vacías y te quedas hecho nada.

23.4.08

Licht, mehr Licht!

Como ustedes saben, el cuerpo está formado por esta luz blanca envuelta en una suave capa de piel. Cuando ésta se rasga y la emisión luminosa entra en contacto con el aire, los electrones dejan de moverse y se asientan en una viscosidad púrpura la cual se precipita a la tierra.
La inhabilidad de tocar polvo, arena, roca, planta hace que uno quede suspendido en el limbo de la realidad y pierda contacto con lo existente, y vienen problemas.

En cambio, si uno logra controlar mental o psíquicamente el movimiento de sus electrones, se puede descartar el cuerpo y precindir de las absurdas teorías físicas que nos atan a la tierra.
Los científicos de hoy, siglo XXI, acaban de darse cuenta que quizás la teoría de la gravedad no era del todo cierta (prueba de
a) que la física es más parecida a una religión que a una certeza y
b) la gente medio aprende algo con el paso del tiempo… aprenden que antes sabían más).
Entonces, decimos que adquirieron entendimiento, o en otras palabras… ¡luz!

Goethe se agoniza, ¿cuáles son sus últimas palabras? “¡luz, quiero más luz!” Claro que pedía que le descorrieran las cortinas (no aprender más, ¡por Chaac!), para contagiarse de esa luminiscencia y rellenar el cuerpo, osea, pedía una pequeña prórroga. Theodore Roosevelt, un gringo tarado, al contrario mientras moría exclamaba, “Apaguen la luz". Aunque cabe decir pobrecito, pues tenía una esposa quien por cuyo apelativo y lo que conocemos sobre las homónimas, bien podría ser que estuviese huyendo de ella (con extrema y justa razón).

El caso es que todo mundo sabe esto, no sé por qué se espantan. Cuando viene un ataque de migraña o nos golpean la cabeza, la luminosidad interna se lanza contra nuestros ojos y vemos pedacitos de lucecitas bailando, como luciérnagas.

Cuando los budas descartan su cuerpo se dice que se iluminan.

Cuando los santos se vuelven santos, se les salen los rayos por la cabeza.

Hay gente con sensibilidad extrema que puede ver la brillosidad humana escurriendo por los poros de la piel (está un poco perforada).

Hace 2 mil años las chicas sabían esto, veían venir a la luz y tenían que correr o quedaban embarazadas.

Cuando el muerto descarta la piel, queda el concentrado de luz en forma de una estructura calcificada.

Si uno descarta el cuerpo y no aprende a controlar su luminosidad, pues bomba atómica.

Así que, gracias al aikido y una clase donde nos enseñaron a volar (bueno, intentaron enseñarme a volar, yo aprendí a caer con el cuello) pude irme a tomar unas fotografías de mi luz interna. Salió muy bien. So i share.

21.3.08

Se juntaron

Feliz fin de semana, Purim, Viernes Santo, Primavera, Equinoccio V, día del Buda Histórico, Luna llena, Año nuevo Bahai -Naw Ruz- , Holi, Nacimiento del profeta, Día de Benito Juárez, de los derechos humanos, etc...

regalito para celebrar:


& blessed be.

17.3.08

Other lives

Yo algo que sigo sin entender es por qué en estos juegos virtuales, donde uno escoge todo y “nace” con los mismos privilegios que cualquiera, sigue habiendo estas terribles características humanas.
Si pudiéramos pensar en un estado utópico, éste es. Yo escojo qué ser, cómo llevar mi vida, en un juego de guerritas yo lucho y obtengo armas (no es como si fuera un malévolo árabote terrorista del desierto con una resorterota marca diablo a quien le llegan gringuitos con bombitas atómicas), subo al igual que todos en HP, destreza, puntos, etc.
Entonces, ¿por qué carajos en estos juegos sigue habiendo odio, violencia, racismo, discriminación y sobre todo etcéteras? Me explican, no, edigator, es que finalmente siguen jugando humanos. Y yo no entiendo, porque si supuestamente los humanos son... lo que sea, un algo humano, diferente a las piedras o a los árboles, y supuestamente están todas estas ciencias de psicología, genética, neurología que explican comportamientos, en los mundos virtuales NO hay traumas, no hay inequidad social, no hay géneros, no hay machismo (uno puede ser hombre, mujer, rata, gato, perro), no hay pobreza real, no hay razas, no hay cosas (osea, no hay economía, pues no hay bienes). Básicamente uno puede cambiar absolutamente todo lo lo que le afecta y mejorarlo … pero no, NO, resulta que en estos mundos virtuales hay repugnantes, apestosos, humanos humanos. Puaj. Humanos.

Creo que hemos llegado a la esencia humana, no somos más que eso que no queremos ser.

...y para que se relajen:

 
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