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11.11.15

Margarito Ledesma (humorista involuntario), Poeta de Chamacuero, Parte III

Estaba recordando al buen Margarito Ledesma. Así que abrí el libro y ¡qué cosa! me encuentro con El cantar de los perros. Fue tanta mi alegría que me puse inmediatamente a transcribirlo para que todos y todas y todxs ustedes puedan gozar de su elocuente y conmovedora poesía.


EL CANTAR DE LOS PERROS
            Dedico esta merecida poesía a todos los perros que he tenido y a los que siga teniendo después; pero no al que tengo ahora, porque yo he sabido de muy buena tinta que nunca se le pone a una calle, a una plaza, a un mercado, a una escuela, a un jardín, a un teatro, a un salón, a una calzada, a un pueblo, a una villa, a una ciudad o a cualquier otro edificio semejante, el nombre de una persona viva, sino hasta después de que se muere, y hasta he sabido también, no me acuerdo ni cómo ni cuándo, que allá en la antigüedad, mandaron matar antes de tiempo a un señor que querían mucho en una población, para poderle poner su nombre a esa misma población o a algún edificio o calle de la localidad.
Por eso no le dedico esta poesía al COLIFLOR, que es el perrito que me acompaña últimamente y que, la verdad, me ha salido muy vivo, muy cariñoso y muy buena gente; pero no quiero que se me vaya a echar a perder dedicándole esta poesía.
Su inútil servidor,
EL AUTOR

            I
MI PERRO CANELO

Yo tenía un perro canelo,
un perro muy entendido;
nomás le echaba un chiflido,
y hasta botaba en el suelo.

Le decía “vete”, y de iba;
“quédate aquí”, y se quedaba;
“bájate de ahí”, se bajaba;
“sube”, y subía para arriba.

Le decía “dame la mano”,
luego luego me la daba;
le decía “baila”, y bailaba
como si fuera un cristiano.

Le decía “ven acá, perro”,
y luego luego venía;
solo cuando no quería,
iba a esconderse en el cerro.

Todo lo que le mandaba
con mucho gusto lo hacía,
y si nada le decía,
él tampoco no hacía nada.

Tiraba piedras al cerro
y él iba y las recogía,
y luego hasta me traía
en vez de piedra, un becerro.

Pero no vayan a creer que era un becerro grande, pues no hubiera podido con él; sino becerritos chiquitos, de esos que todavía maman, y a veces un chivito o un puerco de tamaño mediano.

Era un perro de buen paso
que siempre me obedecía;
sólo cuando no quería ,
entonces no me hacía caso.

Le decía “no hables”, no hablaba;
“no comas”, y no comía;
“no tuesas”, y no tosía;
“no gruñas”, y no gruñaba.

Era un animal tan bueno
que todo, todo lo hacía.
¡Lástima que un policía
me le haya echado veneno!

NOTA.— Muy bien sé que no se dice “gruñaba”, sino “gruñía”; pero si le hubiera puesto así no habría resultado el verso, y entonces los que ustedes ya saben habían de decir que qué feo le andaba haciendo yo. Por eso le puse “gruñaba”.


                II
MI PERRO BLANCO
Yo tenía un perrito blanco
que se llamaba “El Jazmín”.
Era un perro muy catrín,
muy servicial y muy franco.

Nunca andaba con mentiras,
siempre decía la verdad;
por eso en la vecindad
me lo querían hacer tiras.

Al decir que nunca andaba con mentiras y que siempre decía la verdad, no es que quiera decir que aquel perro hablaba, pues entonces todos hubiéramos pegado la carrera; sino que con sus acciones y sus modos de comportarse demostraba siempre ser un perro verídico y merecedor de toda confianza, pues, cuando ladraba, siempre pegaba la mordida, y, si no ladraba, se podía tener la seguridad que no iba a morder, a menos que hubiera una causa repentina o que fuera mucha la demalas del interfecto, como dice Pancho que les dicen en el Juzgado Unico Municipal a los que perjudican otros.

Pues él se daba sus tretas
y, andando así, de puntillas,
se sacaba las tortillas
y luego hasta las chuletas.

Mas no lo hacía de maldad
ni con segunda intención,
ni porque fuera gasmón
y ni por necesidad.

Lo hacía por notificar y
y advertirles a las gentes
que estubieran muy pendientes,
no las fueran a robar.

Y de mucho les servía
las advertencia de “El Jazmín”;
por eso en este confín
todo mundo lo quería.

Aunque les diré en reserva
que había también revoltosos,
mitoteros y envidiosos
que le querían echar yerba.

Parecía bola de estambre
de lo bonito que estaba
y solamente ladraba
cuando le apretaba la hambre.

Yo lo tenía en mucha estima
y en muy grande estimación.
¡Lástima que un carretón
me le pasó por encima!

NOTA.—Afortunadamente no le pasó por encima todo el carretón, pues entonces sí habría estado malo el negocio. Sólo le pasó una rueda, pero con ésa tuvo, pues allí mismo quedó, sin boquiar palabra.

             III
MI PERRO NEGRO

Yo tenía un perrito negro;
le decían “El Azabache”;
me lo regaló mi suegro,
y le gustaba el tepache.

Y digo que le gustaba
porque lo que después pasó,
pues muy carito se vio
que no le desagradaba.

Era un perro juguetón,
cariñoso y muy risueño,
que quería mucho a su dueño,
y no le daba ocasión.

Y digo no se la daba
porque, como yo era el dueño,
siempre ponía todo empeño
en saber por qué ladraba.

Y nunca llegué a saber
si era de tristeza o gusto,
si de un dolor o de un susto
o nada más por moler.

Era muy considerado
y de muy buen corazón;
nunca mordía el pantalón
ni le sacaba el bocado.

Ni asustaba a los transeuntes,
ladrándoles al pasar,
ni les mordía el calcañar
ni les pelaba los dientes.

Y nunca andaba en parvadas
con perros de malos tratos,
ni sacaba los zapatos
de las piezas habitadas.

Muy bonito mi Azabache.
Mucho, mucho, lo quería;
pero, ¡lástima que un día
se me hogó con el tepache!

NOTA.— El tepache es una bebida muy sabrosa que se hace con cáscara de piña y con piloncillo de la sierra, que se ponen a fermentar y que emborrachan al cristiano que se va a de abuso; pero la verdad es que mi Azabache no se hogó por la potencia ni por la fortaleza de la mistela, ni porque le haya dado en el galillo ni por otra cosa semejante; sino porque una noche se cayó en un barril de tepache que había dejado destapado, fermentando, y de allí no se pudo salir a tiempo. Pero, de todos modos, esa desgracia que le aconteció viene a probar que le gustaba esa clase de bebida, como ya lo digo en mi poesía, pues, al haberse caido ene l barril, quiere decir que andaba haciendo la lucha y buscando el modo. Si no, ¿cómo iba a cairse así nomás? Ni modo que desde lejos hubiera podido cairse, sólo que lo hubieran aventado, y eso no era fácil, por haber sido ya de noche.

OTRA NOTA.—Al decir “mi suegro”, no vayan a pensarse que lo digo porque me haya casado en estos días; sino porque es el papá de... ¡bueno!... de la hermosa señorita que todos ustedes conocen y a la que yo le llevo mandadas como media docena de cartas, y sólo estoy aguardando, con la esperanza de que me conteste pronto, para saber de una vez a qué atenerme. ¡Quiera Dios!


                IV
MIS OTROS PERROS
Para todos los perros que he tenido
y para los que supongo que más tarde he de tener,
es para mí un verdadero placer
dedicarles este agradable corrido.

Porque el perro es el amigo del hombre
y de toda la humanidad,
y bien vale su cariñosa amistad
que de flores y versos el camino se le enalfombre.

Porque si no nos preocupamos de su vida,
y no tratamos de tenerlo grato,
nos puede dar un mal rato,
pegándonos una fuerte mordida
o arrancándonos la suela de un zapato.

Trátenlo, pues, con buena voluntad,
aunque le tengan algo de recelo,
y, sin dejar de alzarle pelo,
búsquenle una buena conformidad.

Y por eso a todos los perros amigos
gustoso les dedico esta merecida poesía,
pues es muy posible que se llegue algún día
en que todos séamos valiosos testigos.
¿Testigos de qué?— ¡Pues de qué ha de ser!
De todas las cosas que puedan suceder.

NOTA.—Ni de chanza llegué yo a pensar que me fuera a salir tan bonito este Cantar de los Perros. Si lo he sabido, mejor le pongo Cantar de otra cosa. Aunque, pensándolo bien, el perro es un animal muy inteligente y agradecido, que yo creo que sólo le faltó un grado para ser gente, y está bien ponerlo en letras de molde. Lo que sí no me gustó nadita fue que la persona que me hizo el favor de corregirme esta bonita poesía tuvo la bondad de quitarle un perro pinto, un amamellado y otro color ceniza que yo le había puesto, porque esos son los perros que me acuerdo haber tenido en mi vida, aparte de otros que no me acuerdo; pero la persona, creyendo que yo no la oía, dijo que ya eran muchos perros y con los tres que dejó era más que bastante, y hasta me parece que todavía le parecieron muchos, según la cara que hizo. Yo tuve que aguantarme por no tener una diferiencia con tan bondadosa persona; pero siempre no dejé de sentir algo feo. Aunque, por otra parte, puede que hasta bien haya salido. A ver si así escarmiento y se me quita la maña. ¡Quién me lo manda por andar de ofrecido, dando a corregir mis poesías! De repente hasta se me afigura que me cuadran más como yo las hago. Pero, siempre quién sabe, puede que mejor convenga pensarlo bien y no hacer las cosas al aventón y a lo que salgan, porque después andamos con los arrepentimientos y las dispensas.



NOTA ACLARATORIA
Estoy muy apenado porque el tepache no se hace como dije en la NOTA de la agradable poesía que se llama “MI PERRO NEGRO”.

Seguramente que la receta que pongo allí para hacer esa sabrosa bebida me la dieron ya con mala intención de hacerme quedar mal con las personas de buena fe que quieran hacer uso de dicha receta con fines meramente personales; pero después, una persona de conciencia me dijo que no se hace con la cáscara, pues eso se queda para los barrios y para la gente que no le gusta gastar; sino  con toda la piña, ya madura y de buena clase, y que, además, se le muele canela, lo que se alcance a coger con una moneda de a veinte, y se pone la olla a hervir en la lumbre.

Hago esta aclaración para que no vayan a creer que intencionalmente di mal la recete, con el malvado fin de que no le salga al que la quiera aprovechar.

Les suplico que no vayan a pensarse esto pues yo no soy capaz de hacerles una jugada de esa clase, ni menos de hacerlos gastar su dinero en una cosa desde antes sé que no les va a salir bien. Por eso pongo esta nota aclaratoria y mucho les encargo que no vayan a creer que fue de mala intención.

Su inútil y atento servidor.
EL AUTOR


fuente
: Ledesma, Margarito. Poesías. 12va edición. Talleres Gráficos: México, 1976. IMPRESO.




20.4.15

Ayotzinapa: forced disappearances- Edición bilingüe

Pues aquí un poco de lo que he estado haciendo.

Como estoy en vacalandia desde acá me crecía la impotencia de ver cómo a México lo venden, lo violan, lo matan, lo desaparecen.

Así que bueno, yo lo que sé hacer es escribir, hacer libros, enseñar, dialogar, y pues se hace lo que se puede con lo que se tiene, ¿no?

Entonces un grupo editorial independiente sacó un libro sobre Ayotzinapa, recopilando información sobre los muchachos desaparecidos, testimonios de algunos supervivientes, frases y fotos de las marchas que ha habido como protesta, y un poco de análisis sobre lo que los 43 significan para un país con 25,700 desaparecidos oficialmente.

Así que lo tradujimos y sacamos una edición bilingüe. La pueden ver aquí: LIGA. Tanto la editorioal original como nosotros estamos en contra del CopyRight. Como humanos no debemos privatizar el conocimiento. Aquí que lo pueden descargar y leer y compartir libremente.

Luego, porque finalmente los que pueden hacer algo en gringolandia son los gringos, los tratamos de involucrar para que nos sirvan de aliados en esta guerra.

Por tanto, hicimos libros cartoneros.
Hicimos 100


Los libros cartoneros son publicaciones independientes, con tapas de cartón y se hacen talleres para que la gente decore las tapas y mientras se habla de la situación y se puedan enterar de lo que está pasando.

Material proporcionado por el museo del niño de Vacalandia

Ellos también están en contra de la guerra contra las drogas. A ellos no les conviene tampoco que México esté lleno de violencia, y aunque los medios quieren maquillarlo, saben por el gran número de mexicanos en exilio que México está cada vez peor.

Éstas son algunas tapas que decoraron:
Es una calavera con 43 como ojos y México en la boca


Otras calaveras

Una mano con los nombres escritos de los muchachos
Con collage de periódicos

Un artista nos hizo unas camisas para algunas copias

Éste me gustó mucho

Por último, vamos a vender los libros y ese dinero recolectado se lo vamos a mandar a los papás de los muchachos. Son gente muy pobre y tienen cuentas de abogados y transporte para ir a MP.

Ahora que estuve en México escuché a mucha gente decir que a los papás los estaban manipulando. Me entristeció mucho la falta de empatía. Porque los papás de los muchachos de Ayotzinapa, así como las familias de las 25,700 personas desaparecidas, no saben dónde están sus hijos. No tienen a dónde ir a llorar, no saben si ya han muerto o queda esa esperanza de que a lo mejor el suyo, ése se pudo escapar y está escondido. Dudo mucho que a un padre alguien lo pueda manipular para que deje de buscar a su hijo. No veo cómo a un padre lo pueden manipular para que le venda su dolor a los mismos políticos que permitieron que eso pasara.

Que se te muera un hijo debe ser terrible. Pero peor que te lo desaparezcan.

En fin, llevamos ya casi $400dlls por las ventas.  A la gente le sugieres el costo del libro y les cuentas para qué es y terminan dando más.


Pues eso. Y ya.

15.2.15

¿Para qué sirven las humanidades?

Soñé chistoso antenoche.  No sé si lo sepan ustedes, pero esa sensación de que es el primer día de clases y de pronto estás ahí y no sabes ni qué estás haciendo, o si traes ropa, o si estás en el lugar correcto, ese sueño que los estudiantes siempre tienen, es peor cuando eres maestro o maestra. Antes del primer día de clases los sueños son de estar parado frente a un grupo de individuos hostiles y tú con un libro que no puedes leer o en una situación más que comprometedora. Y a diferencia de los sueños de los estudiantes que terminan cuando dejan de estudiar con un par de flashbacks 10 años después, con los maestros jamás terminan.


Era uno de esos sueños y me estoy presentando a una horda de salvajes organismos con lanzas y ojos como demonios...  “soy la edigator, estoy haciendo un doctorado en literatura”. Y vino la pregunta típica que escuchan todos los que estudian o se dedican a alguna de las humanidades,”¿y eso para qué sirve?”. 
593,000 resultados exactos de "para qué sirven las humanidades"
Y en eso, la respuesta de los labios de la edigator del sueño:

El problema es que están formulando la pregunta equivocadamente. ¿Para qué sirven las humanidades o la literatura? es una pregunta cifrada de un sistema económico utilitario que le da valor a las cosas o a las personas según su función. En los miles y miles de años de existencia de la humanidad, este método de ver las cosas como "útiles", sólo lleva unas cuantas décadas.

Hay y ha habido miles de civilizaciones humanas donde las formas de hacer la comunidad han partido desde distintos modelos y la ciudadanía se ejerce de muchas formas diferentes. Comunidades, que por cierto, han sido mucho más efectivas en cuestiones de paz y de atención a todos los miembros de la comunidad, donde la existencia de un niño con hambre es inconcebible. Es un error pensar que la sociedad industrializada basada en el mercado y la labor es lo más "civilizado" que tenemos, basta ver el gran número de protestas en el mundo para darse cuenta que este modelo no está funcionando.

En estas otras civilizaciones, las humanidades son el depósito del conocimiento y la reflexión, porque precisamente en las humanidades nos centramos en ver estas civilizaciones humanas desde todos los puntos de la historia, desde su arte, literatura, filosofía, etc. Las humanidades pueden evaluar una situación desde diferentes puntos de vista e imaginar posibles variaciones. En esas civilizaciones somos el centro de donde parte la comunidad. 

Pero en esta civilización, las humanidades no sirven. Y no sirven precisamente porque esta civilización utilitaria se destruiría si se incluyen las humanidades. Este sistema social es incompatible con las humanidades.

Porque, para que la gente pueda aceptar un modelo de vida en donde su humanidad se aniquila y se convierte en un trabajador que solamente "sirve" si aporta su labor, y cuando no lo aporta debe ser desechado, -como los viejitos que no pueden trabajar y son abandonados en asilos, si tienen suerte, o a la calle, si son de ciertos países...- Para que la gente pueda aceptar eso, debe creer que no existe ningún otro modelo posible, así que el estudio de diferentes tipos de humanos y sociedades debe ser disuadido.

Vean lo que pasa cuando llega un filósofo a presidente, como pasó en Uruguay, con Mujica, que bajó el nivel de pobreza, aumentó las pensiones, se volcó a otros medios de creación de energía y legalizó la mariguana para luchar contra el narcotráfico. O como alcalde de Bogotá, Antanas Mockus, que arregló el tráfico de la ciudad, no multando más gente, sino contratando mimos para que ridiculizaran a los conductores que cometían violaciones.

Uno de nuestros avances evolutivos es que, como humanos, si lo único que tenemos es un martillo, todos los problemas van a parecer clavos. Esa ventaja es también nuestra desventaja. Porque un sistema social en donde los que controlan todo son el mercado y los bancos, depende de que todos los problemas se vean como de orden económico.

Llevamos miles miles y miles de años en la tierra y ésta es la primera vez que el ser humano le tiene que pagar a alguien para poder existir. ¿Se imaginan cobrarle renta a un pajarito? ¿A una lagartija? Y esto tiene menos de 50 años de haber sido aplicado y menos de 50 años para que la gente lo haya aceptado incondicionalmente y sea normal preguntarle a alguien que estudia humanidades, “y eso, ¿para qué sirve?

Y me desperté.

18.9.14

Divergente: novela neoliberal

Acabo de leer Divergente

La novela es la primera de tres y se ha vuelto muy popular entre los jóvenes. Es sobre un futuro distópico, donde el mundo que se retrata está dividido en 5 facciones. Esto se establece como solución a los problemas de la humanidad. La gente decide que hay 5 características principales que deberían abolirse y 5 métodos diferentes. Así las facciones se dividen en:

Abnegación: ellos creen que el egoísmo es lo que destruye a los humanos y para contrarrestarlo llevan vidas ascéticas, sin vanagloriarse de sí mismos. Callados, serviciales, vaya, como si fueran monjes y monjas, pero en familias.

Eruditos: ellos creen que la ignorancia es lo malo y pasan sus vidas en el estudio. Son los profesores, inventores, científicos y médicos.

Cordialidad: piensan que todo el problema radica en la incomprensión y se dedican a cultivar lazos afectivos entre los miembros. Básicamente los dibujan como hippies, cantando agarrados de las manos y son los encargados de la agricultura.

Verdad: piensan que el problema es la mentira y viven sus vidas con brutal honestidad. Por lo mismo son los encargados de la justica legal (pero no producen nada).

Osadía: éstos piensan que la cobardía ha hecho que los humanos se destruyan, así que piensan que el valor es lo importante. Pequeños actos de valor que defiendan a los más miserables y necesitados.

Y luego están los factionless o los que no tienen facción. No tienen casas, dinero, ropa, comida o nada. Ya sea que no aprobaron el examen que los definía en una facción o por alguna razón fueron expulsados de su facción. Están en las calles y son vistos como criminales.

Me gustó la división y los problemas. Es la esencia de una novela de ciencia ficción o una novela de un futuro donde se implanta una utopía, el razonamiento tras la utopía y después la novela se trata de su fracaso.

Hasta ahí lo que a mí me gustó.

En este universo, los de Osadía son los que tienen más “libertad” y son los que brincan de los trenes y gritan y se divierten y disfrutan. El resto son descritos como ovejas que siguen solamente lo que estas facciones dictaminan. Obviamente los malos, los perversos, los que van a acabar con todos y persiguen a los desvalidos son... ¡los eruditos! Por supuesto. Se ve mal que quieran saber cómo funciona una bomba hidráulica o que se hayan aprendido el mapa de la ciudad, un gran insulto es ser llamado erudito.

Los de Osadía son también los que tienen las armas y los que se entrenan militarmente (sí, los que se mencionan con más “libertad” son los que siguen órdenes militares sin cuestionarlas para nada y ponen en peligro la vida de ellos y de los compañeros con tal de lograr lo que desean). Las armas son usadas por todos y se describen una y otra vez como herramientas de trabajo y nada más (aunque cabe decir que en el transcurso del primer libro mueren al menos unas 70 personas, todas víctimas de armas de fuego, salvo una que se suicida brincando de un acantilado).

Los sin-facción criminalizados son pobres. Son pobres porque quieren, obvio, y los de Abnegación les dan protección y comida, porque son serviciales. Por lo tanto, son odiados por todos por establecer un tipo de seguridad social donde esta gente no muera de hambre. Especialmente los de Osadía los odian, ven que están quitando recursos de quien sí los merecen para dárselos a gente que no vale.

La trama es de una chica, Beatriz, luego Tris, que es originalmente de Abnegación pero quiere una vida más centrada en sí misma. Toma el examen que dictaminaría a qué facción pertenece y, sorpresa, no pertenece a ninguna facción, pertenece a 3, es una divergente. Esto será el gran secreto de toda la novela. Los divergentes son raros y por tanto deben ser exterminados (órdenes de los eruditos, claro está).

Tris entra a los Osadía, pasa 3 cuartas partes de la novela entrenando y compitiendo para ser el primer lugar en el entrenamiento, la típica historia del sujeto que empieza como un ser insignificante y va siendo cada vez más importante. Tiene al malo más malo de todos también, Peter, quien hasta le saca un ojo a su amigo. Y tiene al chico que los entrena, Cuatro, que poco a poco se enamora de Tris y se dan besos, nunca, nunca, nunca tienen relaciones sexuales ni necesitan tenerlas. Es, después de todo, una novela para adolescentes. Poderes más, simulaciones menos, es una novela bastante tradicional.

En fin, para la trama detallada vean la página de wikipedia o lean el libro, pero pídanlo prestado.

Lo que yo encuentro problemático es el hecho de igualar violencia y armas con libertad. De que los malos sean los científicos y los que buscan el conocimiento, incluso cuando el papá de la chica la detiene para que no asesine a alguien ella le responde “éste no es el momento de debates éticos”. Así, sin debates éticos, sin consideraciones eruditas, Tris dispara y sigue. Es igualmente alarmante que el hecho de querer un seguro social universal sea cosa de estúpidos.

 Osea, básicamente es un libro para reclutar republicanos o gente que apoye el neoliberalismo. También ha sido llamada una perfecta novela cristiana (cristiana de Estados Unidos).

Incluso al mero mero final de la trilogía se muestra un gobierno federal que es quien controlaba la ciudad, un gobierno salvaje a quien no le importan ni los individuos ni los proyectos independientes de los ciudadanos, sólo quiere el control mediante la manipulación genética. La solución, obviamente, es destruir al gobierno federal y todas las restricciones que imponían y la utopía se restaura con el libre tráfico de personas y productos. La paz se restaura ya que los individuos van todos armados y pueden defenderse.


La novela ha ganado múltiples premios, es un bestseller, hicieron la película (pésima, por cierto), y se sigue vendiendo y comentando. Es básicamente un Juegos del Hambre, pero en vez de solucionar el hambre y la desigualdad con un socialismo voyeurista optan por un neoliberalismo armado. 

Yo creo que es una novela que debe discutirse mucho precisamente porque se está leyendo mucho. Hay que hablar de ella en clase o afuera, para ver por qué no hay debates éticos en la novela, por qué la violencia es la solución a casi todo, por qué son criminalizados quienes son criminalizados. Ver por qué el conocimiento académico es visto con malos ojos pero el conocimiento que adquiere Tris no, por qué los militares son idealizados y vistos como poseedores de la libertad, discutir si en verdad el fin justifica los medios, ver por qué el miedo es visto como algo negativo o el hecho de ser demasiado diferente es peligroso. 

En sí, hay que ver lo que se dice entre líneas y qué implica todo esto. Incluso uno podría ir más allá y discutir por qué en los sitios cristianos se prefiere que los jóvenes lean esta novela a la controversial Harry Potter o la sangrienta Juegos del hambre.




27.5.14

De las realidades

Leía un libro impreso en 1986 con muchas faltas de ortografía y errores gramaticales, editado por la Universidad de Minnesota. Yo creo que el editor o editora no sabía español. 

Eso casi ya no pasa. En 1986 no se usaban las computadoras, Word, Correctores de ortografía o copy-paste, nope, todavía se habrían transcrito los manuscritos que forman el volumen uno a uno y al final del libro habría una lista de Fe de Erratas.

Entonces me acordé que cuando yo era una inocente y núbil criatura pensaba que Fe de Erratas era Fe de ratas, cuando me decían, “si ves un error luego mira la fe de ratas” y yo me imaginaba que en el mundo de las ratas, la fe debía ser en un dios con forma de rata. Para las ratas los murciélagos serían sus ángeles y el mundo estaría trastocado, quizás, hecho a imagen y semejanza de las ratas.

Un mundo tan equivocado pero tan cierto para las ratas, que las ratas no podrían saber la verdad nunca. Así si había un error y me decían, revisa la fe de ratas, para mí tenía completo sentido.

Mi mundo infantil estaba tan transtornado que cuando una tía se quedó varada en la carretera y de la nada salió un ángel verde y la ayudó, mi mente obviamente pensó en esto:
¿Necesitas gasolina?

No en esto:
Con dos padrenuestros te cambiamos la llanta (fuente)

Pero en ese entonces yo creía en ángeles y demonios y un dios y santa clos y el ratón de los dientes y los reyes magos y que las estatuas podían llorar y las cosas se lograban sólo queriendo y la gente se podía curar si repetían una y otra vez ciertas palabras mágicas. 

Y ya que estamos en esas, en una ocasión, en la noche, íbamos por la carretera y creo que estábamos perdidos.

Mi papá le repetía a mi mamá que se fijara en los fantasmas. Le decía “fíjate qué dice ese fantasma” y yo me asomé por la ventana para ver la noche, sin fantasmas, y dice mi mamá “chin, no vi bien” y le dice mi papá, “mira mira, ahí viene otro, fíjate qué dice” y bueno hasta ya muy entrada mi vida me di cuenta que no, mis padres no eran mediums, sino que a los indicadores de alineamiento de las carreteras, que a veces traen la señalización del número de la carretera y el kilómetro, se llaman, obviamente, fantasmas.
ñaca ñaca

Por último, en una ocasión, en Chile, en el autobús, había un niño chiquito como de 6 años y le dice a su mamá que le tiene mucho mucho miedo a los fantasmas. Y ella con absoluta certeza le dice, “hijo mío, los fantasmas no existen...,” y luego agregó, “... gracias a Dios, y acuérdate que tu ángel de la guarda siempre te cuida”.


El niño se tranquilizó y yo pensé en la absoluta e incondicional fe de las ratas.

19.4.14

Los gatos y sus escritores: Gabriel García Márquez y "Eva está dentro de su gato"

Se murió Gabriel García Márquez. Ya le tocaba descansar, vivía un poco ido desde hace poco.

Cuando tenía 21 años, en 1947***, publicó su segundo cuento en el suplemento “Fin de Semana” de El Espectador. Como a un escritor se le homenajea leyéndolo, les incluyo un cuento poco conocido.

Es un cuento frenético, de realidades trastocadas, mimetismos, muerte y vida y espíritu y carne, de sueños y limbo y un universo puesto al revés. Es una base que después se vería en casi toda su obra.

Éste es un cuento que deja ver esa capacidad de volcar universos en palabras e insertar al lector en medio de la confusión y hacerlo parte, de saltos en el tiempo y de temas esenciales: vida muerte resurrección.

Presenta a una mujer enferma de belleza, un niño muerto enterrado bajo un naranjo, una casa, un deseo, el sentimiento físico de la sangre vs. el sentimiento físico de la incorporeidad, la sensación de querer una naranja.

También les pongo este cuento porque es de un gato. Un gato que no se deja atrapar semejante a este texto que se nos escapa como humo, ubicuo. Hay que relajarse y dejar que el cuento fluya.

(versión en pdf)

Eva está dentro de su gato
De pronto notó que se le había derrumbado su belleza que llegó a dolerle físicamente como un tumor o como un cáncer. Todavía recordaba el peso de ese privilegio que llevó sobre su cuerpo durante la adolescencia y que ahora había dejado caer —¡quién sabe dónde!— con un cansancio resignado, con un último gesto de animal decadente. Era imposible seguir soportando esa carga por más tiempo. Había que dejar en cualquier parte ese inútil adjetivo de su personalidad; ese pedazo de su propio nombre que a la fuerza de acentuarse había llegado a sobrar. Sí; había que abandonar la belleza en cualquier parte; a la vuelta de una esquina, en un rincón suburbano. O dejarla olvidada en el ropero de un restaurante de segunda clase como un viejo abrigo inservible. Estaba cansada de ser el centro de todas las atenciones, de vivir asediada por los ojos largos de los hombres. En la noche, cuando clavaba en sus párpados los alfileres del insomnio, hubiera deseado ser mujer ordinaria, sin atractivos. Dentro de las cuatro paredes de su habitación todo le era hostil. Desesperada, sentía prolongarse la vigilia por debajo de su piel, por su cabeza, empujando la fiebre hacia arriba, hacia la raíz de su cabello. Era como si sus arterias se hubieran poblado de unos insectos diminutos y calientes que con la cercanía de la madrugada, diariamente, se despertaban y recorrían con sus patas movedizas, en una desgarradora aventura subcutánea, ese pedazo de barro frutecido donde se había localizado su belleza anatómica. En vano luchaba por ahuyentar aquellos animales terribles. No podía. Eran parte de su propio organismo. Habían estado allí, vivos, desde mucho antes de su existencia física. Venían desde el corazón de su padre que los había alimentado dolorosamente en sus noches de soledad desesperada.

O tal vez habían desembocado a sus arterias por el cordón que la llevó atada a su madre desde el principio del mundo. Era indudable que esos insectos no habían nacido espontáneamente dentro de su cuerpo. Ella sabía que venían de atrás, que todos los que llevaron su apellido tuvieron que soportarlos, que tuvieron que sufrirlos como ella cuando el insomnio se hacía invencible hasta la madrugada. Eran esos insectos los mismos que pintaban ese gesto amargo, esa tristeza inconsolable en el rostro de sus antepasados. Ella los había visto mirar desde su apagada existencia, desde su retrato, antiguo, víctimas de esa misma angustia. Todavía recordaba el rostro inquietante de la bisabuela que desde su lienzo envejecido pedía un minuto de descanso, un segundo de paz a esos insectos que allá, en los canales de su sangre, seguían martirizándola y embelleciéndola despiadadamente. No; esos insectos no eran suyos. Venían transmitiéndose de generación a generación sosteniendo con su diminuta armadura todo el prestigio de una casta selecta; dolorosamente selecta. Esos insectos habían nacido en el vientre de la primera madre que tuvo una hija bella. Pero era necesario, urgente, detener esa herencia. Alguien tenía que renunciar a seguir transmitiendo esa belleza artificial. De nada valía a las mujeres de su estirpe admirarse de sí mismas al regresar del espejo, si durante las noches esos animales hacían su labor lenta y eficaz, sin descanso, con una constancia de siglos. Ya no era una belleza, era una enfermedad que había que detener, que había que cortar en forma enérgica y radical.

Todavía recordaba las horas interminables en aquel lecho sembrado de agujas calientes. Aquellas noches en que ella trataba de empujar el tiempo para que con la llegada del día esas bestias dejaran de doler. ¿De qué servía una belleza así? Noche a noche, hundida en su desesperación, pensaba que más le hubiera valido ser una mujer vulgar, o ser hombre; pero no tener esa virtud inútil, alimentada por insectos de remotos orígenes que le estaban precipitando la llegada irrevocable de la muerte. Tal vez sería feliz si tuviera el mismo desgarbo, esa misma fealdad desolada de su amiga checoslovaca que tenía nombre de perro. Más le hubiera valido ser fea, para tener un sueño apacible como el de cualquier cristiano.



Maldijo a sus antepasados. Ellos tenían la culpa de su vigilia. Ellos, que habían transmitido esa belleza invariable, exacta, como si después de muertas las madres sacudieran y renovaran las cabezas para injertarlas en los troncos de las hijas. Era como si la misma cabeza, una cabeza sola, hubiera venido transmitiéndose, con unas mismas orejas, con igual nariz, con idéntica boca, con su pesada inteligencia, en todas las mujeres, quienes tenían que recibirla irremediablemente como un doloroso patrimonio de belleza. Era allí, en la transmisión de la cabeza, donde venía ese microbio eterno que a través de las generaciones se había acentuado, había tomado personalidad, fuerza, hasta convertirse en un ser invencible, en una enfermedad incurable que al llegar a ella, después de haber pasado por un complicado proceso de censuración, ya ni podía soportarse y era amarga y dolorosa... Exactamente como un tumor o como un cáncer.

En esas horas de desvelo era cuando se acordaba de las cosas desagradables a su fina sensibilidad. Recordaba esos objetos que constituían el universo sentimental donde se habían cultivado, como en un caldo químico, aquellos microbios desesperantes. En esas noches, con los redondos ojos abiertos y asombrados, soportaba el peso de la oscuridad que caía sobre sus sienes como un plomo derretido. En derredor suyo dormían todas las cosas. Y desde su rincón, ella trataba de repasar, para distraer su sueño, sus recuerdos infantiles.

Pero siempre esa recordación terminaba con un terror por lo desconocido. Siempre su pensamiento, después de vagar por los oscuros rincones de la casa, se encontraba frente a frente con el miedo. Entonces empezaba la lucha. La verdadera lucha contra tres enemigos inconmovibles. No podría —no, no podría jamás— sacudir el miedo de su cabeza. Tenía que soportarlo apretado a su garganta. Y todo por vivir en ese caserón antiguo, por dormir sola en aquel rincón, apartada del resto del mundo.

Siempre su pensamiento se iba por los húmedos pasadizos oscuros sacudiendo de los retratos el polvo seco cubierto de telarañas. Ese polvo inquietante y tremendo que caía de arriba, desde ese sitio en que se estaban deshaciendo los huesos de sus antepasados. Invariablemente se acordaba de “el niño”. Allá lo imaginaba, sonámbulo, debajo de la hierba, en el patio, junto al naranjo con un puñado de tierra mojada dentro de la boca. Le parecía verlo en su fondo arcilloso, cavando hacia arriba con las uñas, con los dientes, huyéndole al frío que le mordía la espalda; buscando la salida al patio por ese pequeño túnel donde lo habían metido con los caracoles. En el invierno lo oía llorar con su llanto chiquito, sucio de barro, traspasado por la lluvia. Lo imaginaba completo. Tal como lo habían dejado cinco años atrás, en aquel hueco lleno de agua. No podía pensar que se hubiera descompuesto. Al contrario, debía de ser bellísimo navegando en esa agua espesa como en un viaje sin salida. O lo veía vivo pero asustado, miedoso de sentirse solo, enterrado en un patio tan sombrío. Ella misma se había opuesto a que lo dejaran allí, debajo del naranjo, tan cercano a la casa. Le tenía miedo. Sabía que en las noches en que la persiguiera la vigilia él lo adivinaría. Regresaría por los anchos corredores a pedirle que lo acompañara, a pedirle que lo defendiera de esos otros insectos que se estaban comiendo la raíz de sus violetas. Volvería a que lo dejara dormir a su lado como cuando era vivo. Ella tenía miedo de sentirlo de nuevo a su lado después de haber saltado el muro de la muerte. Tenía miedo de robar esas manos que “el niño” traería siempre cerradas para calentar su pedacito de hielo. Ella quería, después de que lo vio convertido en cemento como la estatua del miedo tumbada sobre el lino, quería que se lo llevaran lejos para no recordarlo en la noche. Y sin embargo lo habían dejado allí donde ahora estaba imperturbable, astroso, alimentando su sangre con el barro de las lombrices. Y ella tenía que resignarse a verlo regresar desde su fondo de tinieblas. Porque siempre invariablemente, cuando se desvelaba se ponía a pensar en “el niño” que debía estar llamándola desde su pedazo de tierra para que lo ayudara a fugarse de esa muerte absurda.

Pero ahora, en su nueva vida intemporal, inespacial, estaba más tranquila. Sabía que allá, fuera de su mundo, todo seguía marchando con el mismo ritmo de antes; que su habitación debía de estar aún sumida en la madrugada y que sus cosas, sus muebles, sus trece libros favoritos, permanecían en su puesto. Y que en su lecho, desocupado, apenas empezaba a desvanecerse el aroma corpóreo que ocupaba ahora su vacío de mujer entera. Pero, ¿cómo pudo suceder “eso”? ¿Cómo ella, después de ser una mujer bella, con la sangre poblada de insectos, perseguida por el miedo en la noche total, había dejado la pesadilla inmensa, insomne, para ingresar ahora a un mundo extraño,desconocido, en donde habían sido eliminadas todas las dimensiones? Recordó. Aquella noche —la de su tránsito— hacía más frío que de costumbre y ella estaba sola en la casa, martirizada por el insomnio. Nadie perturbaba el silencio, y el olor que subía del jardín, era un olor a miedo. El sudor brotaba de su cuerpo como si la sangre de sus arterias se estuviera derramando con su carga de insectos. Deseaba que alguien pasara por la calle, alguien que gritara, que rompiera aquella atmósfera detenida. Que se moviera algo en la naturaleza, que volviera la tierra a girar alrededor del sol. Pero fue inútil. Ni siquiera despertarían esos hombres imbéciles que se habían quedado dormidos debajo de su oreja, dentro de la almohada. Ella también estaba inmóvil. Las paredes manaban un fuerte olor a pintura fresca, ese olor espeso, grande, que no se siente con el olfato sino con el estómago. Y sobre la mesa el reloj único, golpeando el silencio con su máquina mortal. “¡El tiempo... oh, el tiempo...!”, suspiró ella recordando a la muerte. Y allá, en el patio, debajo del naranjo, seguía llorando “el niño” con su llanto chiquito desde el otro mundo.

Acudió a todas sus creencias. ¿Por qué no amanecía en aquel momento o se moría de una vez? Nunca creyó que la belleza fuera a costarle tantos sacrificios. En aquel momento —como de costumbre— seguía doliéndole por encima del miedo. Y por debajo del miedo seguían martirizándola esos implacables insectos. La muerte se le había apretado a la vida como una araña que la mordía rabiosamente, dispuesta a hacerla sucumbir. Pero estaba de-morando el último instante. Sus manos, esas manos que los hombres apretaban imbécilmente, con manifiesta nerviosidad animal, estaban inmóviles, paralizadas por el miedo, por ese terror irracional que venía de adentro, sin ningún motivo, sólo por saberse abandonada en aquella casa antigua. Trató de reaccionar y no pudo. El miedo la había absorbido totalmente y continuaba allí, fijo, tenaz, casi corpóreo; como si fuera una persona invisible que se había propuesto no salir de su habitación. Y lo que más la intranquilizaba era que ese miedo no tuviera justificación alguna, que fuera un miedo único, sin razón; un miedo porque sí.



La saliva se había vuelto espesa en su lengua. Era mortificante entre sus dientes esa goma dura que se le pegaba al paladar y fluía sin que ella pudiera contenerla. Era un deseo distinto a la sed. Un deseo superior que estaba experimentando por primera vez en su vida. Por un momento se olvidó de su belleza, de su insomnio y de su miedo irracional. Se desconoció a sí misma. Por un instante creyó que habían salido los microbios de su cuerpo. Sentía que se habían venido pegados a su saliva. Sí; todo eso estaba muy bien. Bien que los insectos la hubieran despoblado y que ahora pudiera dormir. Pero era necesario encontrar un medio para disolver aquella resina que le embotaba la lengua. Si pudiera llegar hasta la despensa y... ¿Pero en qué estaba pensando? Tuvo un golpe de sorpresa. Nunca había sentido “ese deseo”. La urgencia de la acidez la había debilitado, volviendo inútil la disciplina que había seguido fielmente durante tantos años, desde el día en que sepultaron a “el niño”. Era una tontería, pero sentía asco de comerse una naranja. Sabía que “el niño” había subido hasta los azahares y que las frutas del próximo otoño estarían hinchadas de su carne, refrescadas con la tremenda frescura de su muerte. No. No podía comerlas. Sabía que debajo de cada naranjo, en todo el mundo, había un niño enterrado que endulzaba las frutas con la cal de sus huesos. Sin embargo ahora tenía que comerse una naranja. Era el único remedio para esa goma que la estaba ahogando. Era una tontería pensar que “el niño” estaba dentro de una fruta. Aprovecharía ese momento en que la belleza había dejado de dolerle para llegar hasta la despensa. Pero... ¿no era raro aquello? Era la primera vez en su vida que sentía verdaderos deseos de comerse una naranja. Se puso alegre, alegre. ¡Ah, qué placer! ¡Comerse una naranja! No sabía por qué, pero nunca tuvo un deseo más imperativo. Se levantaría. feliz de ser otra vez una mujer normal; cantando alegremente llegaría hasta la despensa; cantando alegremente, como una mujer nueva, recién nacida. Llegaría inclusive hasta el patio y...

Su recuerdo se tronchaba de pronto. Recordaba que había tratado de levantarse y que ya no estaba en su cama, que había desaparecido su cuerpo, que no estaban allí sus trece libros favoritos y que ella no era ya ella. Ahora estaba incorpórea, flotando, vagando sobre una nada absoluta, convertida en un punto amorfo, pequeñísimo, sin dirección. No podía precisar lo sucedido. Estaba confundida. Sólo tenía la sensación de que alguien la había empujado al vacío desde lo alto de un precipicio. Y nada más. Pero ahora no sentía ninguna reacción. Se sentía convertida en un ser abstracto, imaginario. Se sentía convertida en una mujer incorpórea; algo como si de pronto hubiera ingresado en ese alto y desconocido mundo de los espíritus puros.

Volvió a tener miedo. Pero era un miedo distinto al del momento anterior. Ya no era el miedo al llanto de “el niño”. Era un terror por lo extraño, por lo misterioso y desconocido de su nuevo mundo. ¡Y pensar que después todo eso había sucedido tan inocentemente, con tanta ingenuidad de su parte! ¿Qué iba a decir a su madre cuando al llegar a la casa se iba a enterar de lo acontecido? Empezó a pensar en la alarma que se produciría en los vecinos cuando abrieran la puerta de su habitación y descubrieran que el lecho estaba vacío, que las cerraduras no habían sido tocadas, que nadie había podido entrar o salir y que sin embargo ella no estaba allí. Imaginó el gesto desesperado de su madre buscándola por toda la habitación, haciendo conjeturas, preguntándose a sí misma “qué habría sido de esa niña”. La escena se le presentaba clara. Acudirían los vecinos y empezarían a tejer comentarios —algunos maliciosos— sobre su desaparición. Cada cual pensaría según su propio y particular modo de pensar. Cada cual trataría de dar la explicación más lógica, la más aceptable al menos, en tanto que su madre correría por los pasadizos del caserón, desesperada, llamándola por su nombre.

Y ella estaría allí. Contemplaría el momento detalle a detalle desde su rincón, desde el techo, desde las hendiduras del muro, desde cualquier parte; desde el ángulo más propicio, escudada en su estado incorpóreo, en su inespacialidad. La intranquilizaba pensarlo. Ahora se daba cuenta de su error. No podría dar ninguna explicación, aclarar nada, consolar a nadie. Ningún ser vivo podría ser informado de su transformación. Ahora —quizás la única vez que los necesitaba— no tendría una boca, unos brazos, para que todos supieran que ella estaba allí, en su rincón, separada del mundo tridimensional por una distancia insalvable. En su nueva vida estaba aislada, totalmente impedida de captar sensaciones. Pero a cada momento algo vibraba en ella, un estremecimiento que la recorría, inundándola, la hacía saber de ese otro universo físico que se movía fuera de su mundo. No oía, no veía, pero sabía de ese sonido y de esa visión. Y allá, en la altura de su mundo superior, empezó a saber que un ambiente de angustia la rodeaba.

Hacía apenas un segundo —de acuerdo con nuestro mundo temporal— que se había realizado el tránsito, de manera que sólo ahora empezaba ella a conocer las modalidades, las características de su nuevo mundo. En torno suyo giraba una oscuridad absoluta, radical. ¿Hasta cuándo durarían esas tinieblas? ¿Tendría que acostumbrarse a ellas eternamente? Su angustia aumentó de concentración al saberse hundida en esa niebla espesa, impenetrable: ¿estaría en el limbo? Se estremeció. Recordó todo lo que había oído decir alguna vez sobre el limbo. Si en verdad estaba allí, a su lado flotaban otros espíritus puros de niños que murieron sin bautismo, que habían estado muriendo durante mil años. Trató de buscar en la sombra la vecindad de esos seres que debían de ser mucho más puros, mucho más simples que ella. Aislados por completo del mundo físico, condenados a una vida sonámbula y eterna. Tal vez estaba “el niño” persiguiendo una salida para llegar hasta su cuerpo.

Pero no. ¿Por qué tendría que estar en el limbo? ¿Acaso había muerto? No. Simplemente fue un cambio de estado, un tránsito normal del mundo físico a un mundo más fácil, descomplicado, en el que habían sido eliminadas todas las dimensiones.

Ahora no tenía que sufrir esos insectos subcutáneos. Su belleza se había derrumbado. Ahora, en esa situación elemental, podía ser feliz. Aunque... —¡oh!— no completamente feliz porque ahora su más grande deseo, el deseo de comerse una naranja, se había hecho irrealizable. Era por lo único que hubiera querido estar todavía en su primera vida. Para poder satisfacer la urgencia de la acidez que persistía aún después del tránsito. Trató de orientarse a fin de llegar hasta la despensa y sentir, siquiera, la fresca y agria compañía de las naranjas. Fue entonces cuando descubrió una nueva modalidad de su mundo: estaba en todas partes de la casa, en el patio, en el techo, hasta en el propio naranjo de “el niño”. Estaba en todo el mundo físico más allá. ¡Y sin embargo no estaba en ninguna parte! De nuevo se intranquilizó. Había perdido el control sobre sí misma. Ahora estaba sometida a una voluntad superior, era un ser inútil, absurdo, inservible. Sin saber por qué empezó a ponerse triste. Casi comenzó a sentir nostalgia por su belleza: por esa belleza que ella había desperdiciado tontamente.

Pero una idea suprema la reanimó. ¿No había oído decir acaso que los espíritus puros pueden penetrar a voluntad en cualquier cuerpo? Después de todo, ¿qué perdía con intentarlo? Trató de recordar cuál de los habitantes de la casa podría ser sometido a la prueba. Si lograba realizar su propósito quedaría satisfecha: podría comerse la naranja. Recordó. A esa hora la gente del servicio no acostumbraba estar allí. Su madre no había llegado todavía. Pero la necesidad de comerse una naranja unida ahora a la curiosidad de verse encarnada en un cuerpo distinto al suyo, la obligaba a actuar cuanto antes. Pero no había allí nadie en quien encarnarse. Era una razón desoladora: no había nadie en la casa. Tendría que vivir eternamente aislada del mundo exterior, en su mundo adimensional, sin poder comerse la primera naranja. Y todo por una tontería. Hubiera sido mejor seguir soportando unos años más esa belleza hostil y no anularse para siempre, inutilizarse como una bestia vencida. Pero ya era demasiado tarde.



Iba a retirarse, decepcionada, a una región distante del universo, a una comarca donde pudiera olvidarse de todos sus pasados deseos terrenos. Pero algo la hizo desistir bruscamente. En su comarca desconocida se abrió la promesa de un futuro mejor. Sí: había alguien en la casa en quien podría reencarnarse: ¡en el gato! Vaciló luego. Era difícil resignarse a vivir dentro de un animal. Tendría una piel suave, blanca, y habría en sus músculos concentrada una gran energía para el salto. En la noche sentiría brillar sus ojos en la sombra como dos brasas verdes. Y tendría unos dientes blancos, agudos, para sonreírle a su madre desde su corazón felino con una ancha y buena sonrisa animal. ¡Pero no...! No podía ser. Se imaginó de pronto metida dentro del cuerpo del gato, recorriendo otra vez los pasadizos de la casa, manejando cuatro patas incómodas y aquella cola se movería suelta, sin ritmo, ajena a su voluntad. ¿Cómo sería la vida desde esos ojos verdes y luminosos? En la noche se iría a maullarle al cielo para que no derramara su cemento enlunado sobre el rostro de “el niño” que estaría bocarriba bebiéndose el rocío. Tal vez en su situación de gato también sienta miedo. Y tal vez, al fin de todo no podría comerse la naranja con esa boca carnívora. Un frío venido de allí mismo, nacido en la propia raíz de su espíritu tembló en su recuerdo. No. No era posible encarnarse en el gato. Tenía miedo de sentir un día en su paladar, en su garganta, en todo su organismo cuadrúpedo, el deseo irrevocable de comerse un ratón. Probablemente cuando su espíritu empiece a poblar el cuerpo del gato ya no sentiría deseos de comerse una naranja sino el repugnante y vivo deseo de comerse un ratón. Se estremeció al imaginarlo preso entre sus dientes después de la cacería. Lo sintió debatirse en sus últimos intentos de fuga, tratando de liberarse para llegar otra vez hasta su cueva. No. Todo menos eso. Era preferible seguir allí eternamente, en ese mundo lejano y misterioso de los espíritus puros.

Pero era difícil resignarse a vivir olvidada para siempre. ¿Por qué tenía que sentir deseos de comerse un ratón? ¿Quién primaría en esa síntesis de mujer y gato? ¿Primaría el instinto animal, primitivo, del cuerpo, o la voluntad pura de mujer? La respuesta fue clara, cristalina. Nada había que temer. Se encarnaría en el gato y se comería su deseada naranja. Además sería un ser extraño, un gato con inteligencia de mujer bella. Volvería a ser el centro de todas las atenciones... Fue entonces, por primera vez, cuando comprendió que por sobre todas sus virtudes estaba imperando su vanidad de mujer metafísica.

Como un insecto cuando pone en guardia sus antenas así orientó ella su energía por toda la casa en busca del gato. A esa hora debía de estar aún sobre la estufa soñando que despertará con un tallo de valeriana entre los dientes. Pero no estaba allí. Volvió a buscarlo, pero ya no encontró la estufa. La cocina no era la misma. Los rincones de la casa le eran extraños; ya no eran aquellos oscuros rincones llenos de telaraña. El gato no estaba en ninguna parte. Buscó por los tejados, en los árboles, en los canales, debajo de la cama, en la despensa. Todo lo encontró confundido. Donde creyó encontrar, otra vez, los retratos de sus antepasados, no encontró sino un frasco con arsénico. De allí en adelante encontró arsénico en toda la casa, pero el gato había desaparecido. La casa no era ya la misma de antes. ¿Qué había sido de sus cosas? ¿Por qué sus trece libros favoritos estaban cubiertos ahora de una espesa capa de arsénico? Recordó el naranjo del patio. Lo buscó y trató de encontrar otra vez “el niño’’ en su hueco de agua. Pero no estaba el naranjo en su sitio y “el niño” no era ya sino un puño de arsénico con ceniza bajo una pesada plataforma de concreto. Ahora sí dormía definitivamente. Todo era distinto. Y la casa tenía un fuerte olor arsenical que golpeaba el olfato como desde el fondo de una droguería.

Sólo entonces comprendió ella que habían pasado ya tres mil años desde el día en que tuvo deseos de comerse la primer naranja.


*** No encuentro la referencia precisa, puede ser entre el número 81 al 86, porque la referencia dada es que después de “Tercera resignación”, su primer cuento publicado en el número 80, publicó su segundo cuento de 2 a 6 semanas después. Luego fue el Bogotazo y no publicó más ahí.


 
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