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1.5.14

Los gatos y sus escritores: Hellen Keller

para el Vaguito y la Mars

La escritora, sufragista, socialista, feminista, Helen Keller,  también quería mucho a los animales. Ella fue quien introdujo a los perros akita a Estados Unidos.

Cuando fue a Japón en 1937, llegó buscando a Hachikō, un perro akita dorado, pero éste había muerto en 1935.

Les cuento la historia de Hachikō. 

En 1924, Hisesaburō Ueno, un profesor del departamento de agricultura de la Universidad de Tokio, lo recibió como regalo. Todos los días iban juntos a la estación del tren y todas las tardes, tras terminar el trabajo en la universidad, Hachikō iba por él a la estación. Pero un día en 1925, el profesor no llegó. Hisesaburō habría sufrido un derrame cerebral y murió súbitamente. Hachikō lo esperó ese día, y al día siguiente, y al día siguiente, y así por 9 años, todos los días en la estación.
Hachikō esperando

Luego de que saliera un artículo de Hachikō en el periódico, la gente lo empezó a reconocer, esperando, día tras día, y le llevaba comida y lo acompañaban un rato mientras Hachikō aguardaba, pacientemente, el regreso de Hisesaburō.

Cuando el perrito se murió la gente estuvo muy muy triste y hasta hoy en día, todos los 8 de abril, celebran su vida, su memoria y su lealtad.

Los japoneses se sintieron tan honrados de que Hellen Keller preguntara por él, que le regalaron un perrito akita, Kamikaze-go. Pero se le murió de disentería y le dolió tanto que los japoneses le regalaron otro perrito, el hermano mayor, Kenzan-go. Estos dos perritos fueron los primeros akita en todo Estados Unidos. Eso, y que Hellen Keller los llamara ángeles con pelos los hicieron volverse muy populares y la gente empezó a interesarse por los akita. 
A Kenzan-go ella le decía Go-Go de cariño

Hellen Keller también tuvo otro perro al que adoraba, un Pitbull llamado Sir Thomas. Sir Thomas la acompañaba a todos lados a donde fuera. Mientras ella daba clase, Sir Thomas la esperaba afuera del salón y luego caminaba con ella hasta su casa.

De él decía que era el señor de sus afectos, que tenía un pedigree largo, una colita torcida y la chispa más chistosa en todo el caniverso
Sir Thomas y Hellen Keller, posando

Lo quiso mucho.

Pero esta entrada no es de perritos, es de gatitos. Así que también les incluyo una rara foto de Hellen Keller con su gatito adorado, “Phiz”.
Amor al primer olfato


Shhh... es un gato.

19.4.14

Los gatos y sus escritores: Gabriel García Márquez y "Eva está dentro de su gato"

Se murió Gabriel García Márquez. Ya le tocaba descansar, vivía un poco ido desde hace poco.

Cuando tenía 21 años, en 1947***, publicó su segundo cuento en el suplemento “Fin de Semana” de El Espectador. Como a un escritor se le homenajea leyéndolo, les incluyo un cuento poco conocido.

Es un cuento frenético, de realidades trastocadas, mimetismos, muerte y vida y espíritu y carne, de sueños y limbo y un universo puesto al revés. Es una base que después se vería en casi toda su obra.

Éste es un cuento que deja ver esa capacidad de volcar universos en palabras e insertar al lector en medio de la confusión y hacerlo parte, de saltos en el tiempo y de temas esenciales: vida muerte resurrección.

Presenta a una mujer enferma de belleza, un niño muerto enterrado bajo un naranjo, una casa, un deseo, el sentimiento físico de la sangre vs. el sentimiento físico de la incorporeidad, la sensación de querer una naranja.

También les pongo este cuento porque es de un gato. Un gato que no se deja atrapar semejante a este texto que se nos escapa como humo, ubicuo. Hay que relajarse y dejar que el cuento fluya.

(versión en pdf)

Eva está dentro de su gato
De pronto notó que se le había derrumbado su belleza que llegó a dolerle físicamente como un tumor o como un cáncer. Todavía recordaba el peso de ese privilegio que llevó sobre su cuerpo durante la adolescencia y que ahora había dejado caer —¡quién sabe dónde!— con un cansancio resignado, con un último gesto de animal decadente. Era imposible seguir soportando esa carga por más tiempo. Había que dejar en cualquier parte ese inútil adjetivo de su personalidad; ese pedazo de su propio nombre que a la fuerza de acentuarse había llegado a sobrar. Sí; había que abandonar la belleza en cualquier parte; a la vuelta de una esquina, en un rincón suburbano. O dejarla olvidada en el ropero de un restaurante de segunda clase como un viejo abrigo inservible. Estaba cansada de ser el centro de todas las atenciones, de vivir asediada por los ojos largos de los hombres. En la noche, cuando clavaba en sus párpados los alfileres del insomnio, hubiera deseado ser mujer ordinaria, sin atractivos. Dentro de las cuatro paredes de su habitación todo le era hostil. Desesperada, sentía prolongarse la vigilia por debajo de su piel, por su cabeza, empujando la fiebre hacia arriba, hacia la raíz de su cabello. Era como si sus arterias se hubieran poblado de unos insectos diminutos y calientes que con la cercanía de la madrugada, diariamente, se despertaban y recorrían con sus patas movedizas, en una desgarradora aventura subcutánea, ese pedazo de barro frutecido donde se había localizado su belleza anatómica. En vano luchaba por ahuyentar aquellos animales terribles. No podía. Eran parte de su propio organismo. Habían estado allí, vivos, desde mucho antes de su existencia física. Venían desde el corazón de su padre que los había alimentado dolorosamente en sus noches de soledad desesperada.

O tal vez habían desembocado a sus arterias por el cordón que la llevó atada a su madre desde el principio del mundo. Era indudable que esos insectos no habían nacido espontáneamente dentro de su cuerpo. Ella sabía que venían de atrás, que todos los que llevaron su apellido tuvieron que soportarlos, que tuvieron que sufrirlos como ella cuando el insomnio se hacía invencible hasta la madrugada. Eran esos insectos los mismos que pintaban ese gesto amargo, esa tristeza inconsolable en el rostro de sus antepasados. Ella los había visto mirar desde su apagada existencia, desde su retrato, antiguo, víctimas de esa misma angustia. Todavía recordaba el rostro inquietante de la bisabuela que desde su lienzo envejecido pedía un minuto de descanso, un segundo de paz a esos insectos que allá, en los canales de su sangre, seguían martirizándola y embelleciéndola despiadadamente. No; esos insectos no eran suyos. Venían transmitiéndose de generación a generación sosteniendo con su diminuta armadura todo el prestigio de una casta selecta; dolorosamente selecta. Esos insectos habían nacido en el vientre de la primera madre que tuvo una hija bella. Pero era necesario, urgente, detener esa herencia. Alguien tenía que renunciar a seguir transmitiendo esa belleza artificial. De nada valía a las mujeres de su estirpe admirarse de sí mismas al regresar del espejo, si durante las noches esos animales hacían su labor lenta y eficaz, sin descanso, con una constancia de siglos. Ya no era una belleza, era una enfermedad que había que detener, que había que cortar en forma enérgica y radical.

Todavía recordaba las horas interminables en aquel lecho sembrado de agujas calientes. Aquellas noches en que ella trataba de empujar el tiempo para que con la llegada del día esas bestias dejaran de doler. ¿De qué servía una belleza así? Noche a noche, hundida en su desesperación, pensaba que más le hubiera valido ser una mujer vulgar, o ser hombre; pero no tener esa virtud inútil, alimentada por insectos de remotos orígenes que le estaban precipitando la llegada irrevocable de la muerte. Tal vez sería feliz si tuviera el mismo desgarbo, esa misma fealdad desolada de su amiga checoslovaca que tenía nombre de perro. Más le hubiera valido ser fea, para tener un sueño apacible como el de cualquier cristiano.



Maldijo a sus antepasados. Ellos tenían la culpa de su vigilia. Ellos, que habían transmitido esa belleza invariable, exacta, como si después de muertas las madres sacudieran y renovaran las cabezas para injertarlas en los troncos de las hijas. Era como si la misma cabeza, una cabeza sola, hubiera venido transmitiéndose, con unas mismas orejas, con igual nariz, con idéntica boca, con su pesada inteligencia, en todas las mujeres, quienes tenían que recibirla irremediablemente como un doloroso patrimonio de belleza. Era allí, en la transmisión de la cabeza, donde venía ese microbio eterno que a través de las generaciones se había acentuado, había tomado personalidad, fuerza, hasta convertirse en un ser invencible, en una enfermedad incurable que al llegar a ella, después de haber pasado por un complicado proceso de censuración, ya ni podía soportarse y era amarga y dolorosa... Exactamente como un tumor o como un cáncer.

En esas horas de desvelo era cuando se acordaba de las cosas desagradables a su fina sensibilidad. Recordaba esos objetos que constituían el universo sentimental donde se habían cultivado, como en un caldo químico, aquellos microbios desesperantes. En esas noches, con los redondos ojos abiertos y asombrados, soportaba el peso de la oscuridad que caía sobre sus sienes como un plomo derretido. En derredor suyo dormían todas las cosas. Y desde su rincón, ella trataba de repasar, para distraer su sueño, sus recuerdos infantiles.

Pero siempre esa recordación terminaba con un terror por lo desconocido. Siempre su pensamiento, después de vagar por los oscuros rincones de la casa, se encontraba frente a frente con el miedo. Entonces empezaba la lucha. La verdadera lucha contra tres enemigos inconmovibles. No podría —no, no podría jamás— sacudir el miedo de su cabeza. Tenía que soportarlo apretado a su garganta. Y todo por vivir en ese caserón antiguo, por dormir sola en aquel rincón, apartada del resto del mundo.

Siempre su pensamiento se iba por los húmedos pasadizos oscuros sacudiendo de los retratos el polvo seco cubierto de telarañas. Ese polvo inquietante y tremendo que caía de arriba, desde ese sitio en que se estaban deshaciendo los huesos de sus antepasados. Invariablemente se acordaba de “el niño”. Allá lo imaginaba, sonámbulo, debajo de la hierba, en el patio, junto al naranjo con un puñado de tierra mojada dentro de la boca. Le parecía verlo en su fondo arcilloso, cavando hacia arriba con las uñas, con los dientes, huyéndole al frío que le mordía la espalda; buscando la salida al patio por ese pequeño túnel donde lo habían metido con los caracoles. En el invierno lo oía llorar con su llanto chiquito, sucio de barro, traspasado por la lluvia. Lo imaginaba completo. Tal como lo habían dejado cinco años atrás, en aquel hueco lleno de agua. No podía pensar que se hubiera descompuesto. Al contrario, debía de ser bellísimo navegando en esa agua espesa como en un viaje sin salida. O lo veía vivo pero asustado, miedoso de sentirse solo, enterrado en un patio tan sombrío. Ella misma se había opuesto a que lo dejaran allí, debajo del naranjo, tan cercano a la casa. Le tenía miedo. Sabía que en las noches en que la persiguiera la vigilia él lo adivinaría. Regresaría por los anchos corredores a pedirle que lo acompañara, a pedirle que lo defendiera de esos otros insectos que se estaban comiendo la raíz de sus violetas. Volvería a que lo dejara dormir a su lado como cuando era vivo. Ella tenía miedo de sentirlo de nuevo a su lado después de haber saltado el muro de la muerte. Tenía miedo de robar esas manos que “el niño” traería siempre cerradas para calentar su pedacito de hielo. Ella quería, después de que lo vio convertido en cemento como la estatua del miedo tumbada sobre el lino, quería que se lo llevaran lejos para no recordarlo en la noche. Y sin embargo lo habían dejado allí donde ahora estaba imperturbable, astroso, alimentando su sangre con el barro de las lombrices. Y ella tenía que resignarse a verlo regresar desde su fondo de tinieblas. Porque siempre invariablemente, cuando se desvelaba se ponía a pensar en “el niño” que debía estar llamándola desde su pedazo de tierra para que lo ayudara a fugarse de esa muerte absurda.

Pero ahora, en su nueva vida intemporal, inespacial, estaba más tranquila. Sabía que allá, fuera de su mundo, todo seguía marchando con el mismo ritmo de antes; que su habitación debía de estar aún sumida en la madrugada y que sus cosas, sus muebles, sus trece libros favoritos, permanecían en su puesto. Y que en su lecho, desocupado, apenas empezaba a desvanecerse el aroma corpóreo que ocupaba ahora su vacío de mujer entera. Pero, ¿cómo pudo suceder “eso”? ¿Cómo ella, después de ser una mujer bella, con la sangre poblada de insectos, perseguida por el miedo en la noche total, había dejado la pesadilla inmensa, insomne, para ingresar ahora a un mundo extraño,desconocido, en donde habían sido eliminadas todas las dimensiones? Recordó. Aquella noche —la de su tránsito— hacía más frío que de costumbre y ella estaba sola en la casa, martirizada por el insomnio. Nadie perturbaba el silencio, y el olor que subía del jardín, era un olor a miedo. El sudor brotaba de su cuerpo como si la sangre de sus arterias se estuviera derramando con su carga de insectos. Deseaba que alguien pasara por la calle, alguien que gritara, que rompiera aquella atmósfera detenida. Que se moviera algo en la naturaleza, que volviera la tierra a girar alrededor del sol. Pero fue inútil. Ni siquiera despertarían esos hombres imbéciles que se habían quedado dormidos debajo de su oreja, dentro de la almohada. Ella también estaba inmóvil. Las paredes manaban un fuerte olor a pintura fresca, ese olor espeso, grande, que no se siente con el olfato sino con el estómago. Y sobre la mesa el reloj único, golpeando el silencio con su máquina mortal. “¡El tiempo... oh, el tiempo...!”, suspiró ella recordando a la muerte. Y allá, en el patio, debajo del naranjo, seguía llorando “el niño” con su llanto chiquito desde el otro mundo.

Acudió a todas sus creencias. ¿Por qué no amanecía en aquel momento o se moría de una vez? Nunca creyó que la belleza fuera a costarle tantos sacrificios. En aquel momento —como de costumbre— seguía doliéndole por encima del miedo. Y por debajo del miedo seguían martirizándola esos implacables insectos. La muerte se le había apretado a la vida como una araña que la mordía rabiosamente, dispuesta a hacerla sucumbir. Pero estaba de-morando el último instante. Sus manos, esas manos que los hombres apretaban imbécilmente, con manifiesta nerviosidad animal, estaban inmóviles, paralizadas por el miedo, por ese terror irracional que venía de adentro, sin ningún motivo, sólo por saberse abandonada en aquella casa antigua. Trató de reaccionar y no pudo. El miedo la había absorbido totalmente y continuaba allí, fijo, tenaz, casi corpóreo; como si fuera una persona invisible que se había propuesto no salir de su habitación. Y lo que más la intranquilizaba era que ese miedo no tuviera justificación alguna, que fuera un miedo único, sin razón; un miedo porque sí.



La saliva se había vuelto espesa en su lengua. Era mortificante entre sus dientes esa goma dura que se le pegaba al paladar y fluía sin que ella pudiera contenerla. Era un deseo distinto a la sed. Un deseo superior que estaba experimentando por primera vez en su vida. Por un momento se olvidó de su belleza, de su insomnio y de su miedo irracional. Se desconoció a sí misma. Por un instante creyó que habían salido los microbios de su cuerpo. Sentía que se habían venido pegados a su saliva. Sí; todo eso estaba muy bien. Bien que los insectos la hubieran despoblado y que ahora pudiera dormir. Pero era necesario encontrar un medio para disolver aquella resina que le embotaba la lengua. Si pudiera llegar hasta la despensa y... ¿Pero en qué estaba pensando? Tuvo un golpe de sorpresa. Nunca había sentido “ese deseo”. La urgencia de la acidez la había debilitado, volviendo inútil la disciplina que había seguido fielmente durante tantos años, desde el día en que sepultaron a “el niño”. Era una tontería, pero sentía asco de comerse una naranja. Sabía que “el niño” había subido hasta los azahares y que las frutas del próximo otoño estarían hinchadas de su carne, refrescadas con la tremenda frescura de su muerte. No. No podía comerlas. Sabía que debajo de cada naranjo, en todo el mundo, había un niño enterrado que endulzaba las frutas con la cal de sus huesos. Sin embargo ahora tenía que comerse una naranja. Era el único remedio para esa goma que la estaba ahogando. Era una tontería pensar que “el niño” estaba dentro de una fruta. Aprovecharía ese momento en que la belleza había dejado de dolerle para llegar hasta la despensa. Pero... ¿no era raro aquello? Era la primera vez en su vida que sentía verdaderos deseos de comerse una naranja. Se puso alegre, alegre. ¡Ah, qué placer! ¡Comerse una naranja! No sabía por qué, pero nunca tuvo un deseo más imperativo. Se levantaría. feliz de ser otra vez una mujer normal; cantando alegremente llegaría hasta la despensa; cantando alegremente, como una mujer nueva, recién nacida. Llegaría inclusive hasta el patio y...

Su recuerdo se tronchaba de pronto. Recordaba que había tratado de levantarse y que ya no estaba en su cama, que había desaparecido su cuerpo, que no estaban allí sus trece libros favoritos y que ella no era ya ella. Ahora estaba incorpórea, flotando, vagando sobre una nada absoluta, convertida en un punto amorfo, pequeñísimo, sin dirección. No podía precisar lo sucedido. Estaba confundida. Sólo tenía la sensación de que alguien la había empujado al vacío desde lo alto de un precipicio. Y nada más. Pero ahora no sentía ninguna reacción. Se sentía convertida en un ser abstracto, imaginario. Se sentía convertida en una mujer incorpórea; algo como si de pronto hubiera ingresado en ese alto y desconocido mundo de los espíritus puros.

Volvió a tener miedo. Pero era un miedo distinto al del momento anterior. Ya no era el miedo al llanto de “el niño”. Era un terror por lo extraño, por lo misterioso y desconocido de su nuevo mundo. ¡Y pensar que después todo eso había sucedido tan inocentemente, con tanta ingenuidad de su parte! ¿Qué iba a decir a su madre cuando al llegar a la casa se iba a enterar de lo acontecido? Empezó a pensar en la alarma que se produciría en los vecinos cuando abrieran la puerta de su habitación y descubrieran que el lecho estaba vacío, que las cerraduras no habían sido tocadas, que nadie había podido entrar o salir y que sin embargo ella no estaba allí. Imaginó el gesto desesperado de su madre buscándola por toda la habitación, haciendo conjeturas, preguntándose a sí misma “qué habría sido de esa niña”. La escena se le presentaba clara. Acudirían los vecinos y empezarían a tejer comentarios —algunos maliciosos— sobre su desaparición. Cada cual pensaría según su propio y particular modo de pensar. Cada cual trataría de dar la explicación más lógica, la más aceptable al menos, en tanto que su madre correría por los pasadizos del caserón, desesperada, llamándola por su nombre.

Y ella estaría allí. Contemplaría el momento detalle a detalle desde su rincón, desde el techo, desde las hendiduras del muro, desde cualquier parte; desde el ángulo más propicio, escudada en su estado incorpóreo, en su inespacialidad. La intranquilizaba pensarlo. Ahora se daba cuenta de su error. No podría dar ninguna explicación, aclarar nada, consolar a nadie. Ningún ser vivo podría ser informado de su transformación. Ahora —quizás la única vez que los necesitaba— no tendría una boca, unos brazos, para que todos supieran que ella estaba allí, en su rincón, separada del mundo tridimensional por una distancia insalvable. En su nueva vida estaba aislada, totalmente impedida de captar sensaciones. Pero a cada momento algo vibraba en ella, un estremecimiento que la recorría, inundándola, la hacía saber de ese otro universo físico que se movía fuera de su mundo. No oía, no veía, pero sabía de ese sonido y de esa visión. Y allá, en la altura de su mundo superior, empezó a saber que un ambiente de angustia la rodeaba.

Hacía apenas un segundo —de acuerdo con nuestro mundo temporal— que se había realizado el tránsito, de manera que sólo ahora empezaba ella a conocer las modalidades, las características de su nuevo mundo. En torno suyo giraba una oscuridad absoluta, radical. ¿Hasta cuándo durarían esas tinieblas? ¿Tendría que acostumbrarse a ellas eternamente? Su angustia aumentó de concentración al saberse hundida en esa niebla espesa, impenetrable: ¿estaría en el limbo? Se estremeció. Recordó todo lo que había oído decir alguna vez sobre el limbo. Si en verdad estaba allí, a su lado flotaban otros espíritus puros de niños que murieron sin bautismo, que habían estado muriendo durante mil años. Trató de buscar en la sombra la vecindad de esos seres que debían de ser mucho más puros, mucho más simples que ella. Aislados por completo del mundo físico, condenados a una vida sonámbula y eterna. Tal vez estaba “el niño” persiguiendo una salida para llegar hasta su cuerpo.

Pero no. ¿Por qué tendría que estar en el limbo? ¿Acaso había muerto? No. Simplemente fue un cambio de estado, un tránsito normal del mundo físico a un mundo más fácil, descomplicado, en el que habían sido eliminadas todas las dimensiones.

Ahora no tenía que sufrir esos insectos subcutáneos. Su belleza se había derrumbado. Ahora, en esa situación elemental, podía ser feliz. Aunque... —¡oh!— no completamente feliz porque ahora su más grande deseo, el deseo de comerse una naranja, se había hecho irrealizable. Era por lo único que hubiera querido estar todavía en su primera vida. Para poder satisfacer la urgencia de la acidez que persistía aún después del tránsito. Trató de orientarse a fin de llegar hasta la despensa y sentir, siquiera, la fresca y agria compañía de las naranjas. Fue entonces cuando descubrió una nueva modalidad de su mundo: estaba en todas partes de la casa, en el patio, en el techo, hasta en el propio naranjo de “el niño”. Estaba en todo el mundo físico más allá. ¡Y sin embargo no estaba en ninguna parte! De nuevo se intranquilizó. Había perdido el control sobre sí misma. Ahora estaba sometida a una voluntad superior, era un ser inútil, absurdo, inservible. Sin saber por qué empezó a ponerse triste. Casi comenzó a sentir nostalgia por su belleza: por esa belleza que ella había desperdiciado tontamente.

Pero una idea suprema la reanimó. ¿No había oído decir acaso que los espíritus puros pueden penetrar a voluntad en cualquier cuerpo? Después de todo, ¿qué perdía con intentarlo? Trató de recordar cuál de los habitantes de la casa podría ser sometido a la prueba. Si lograba realizar su propósito quedaría satisfecha: podría comerse la naranja. Recordó. A esa hora la gente del servicio no acostumbraba estar allí. Su madre no había llegado todavía. Pero la necesidad de comerse una naranja unida ahora a la curiosidad de verse encarnada en un cuerpo distinto al suyo, la obligaba a actuar cuanto antes. Pero no había allí nadie en quien encarnarse. Era una razón desoladora: no había nadie en la casa. Tendría que vivir eternamente aislada del mundo exterior, en su mundo adimensional, sin poder comerse la primera naranja. Y todo por una tontería. Hubiera sido mejor seguir soportando unos años más esa belleza hostil y no anularse para siempre, inutilizarse como una bestia vencida. Pero ya era demasiado tarde.



Iba a retirarse, decepcionada, a una región distante del universo, a una comarca donde pudiera olvidarse de todos sus pasados deseos terrenos. Pero algo la hizo desistir bruscamente. En su comarca desconocida se abrió la promesa de un futuro mejor. Sí: había alguien en la casa en quien podría reencarnarse: ¡en el gato! Vaciló luego. Era difícil resignarse a vivir dentro de un animal. Tendría una piel suave, blanca, y habría en sus músculos concentrada una gran energía para el salto. En la noche sentiría brillar sus ojos en la sombra como dos brasas verdes. Y tendría unos dientes blancos, agudos, para sonreírle a su madre desde su corazón felino con una ancha y buena sonrisa animal. ¡Pero no...! No podía ser. Se imaginó de pronto metida dentro del cuerpo del gato, recorriendo otra vez los pasadizos de la casa, manejando cuatro patas incómodas y aquella cola se movería suelta, sin ritmo, ajena a su voluntad. ¿Cómo sería la vida desde esos ojos verdes y luminosos? En la noche se iría a maullarle al cielo para que no derramara su cemento enlunado sobre el rostro de “el niño” que estaría bocarriba bebiéndose el rocío. Tal vez en su situación de gato también sienta miedo. Y tal vez, al fin de todo no podría comerse la naranja con esa boca carnívora. Un frío venido de allí mismo, nacido en la propia raíz de su espíritu tembló en su recuerdo. No. No era posible encarnarse en el gato. Tenía miedo de sentir un día en su paladar, en su garganta, en todo su organismo cuadrúpedo, el deseo irrevocable de comerse un ratón. Probablemente cuando su espíritu empiece a poblar el cuerpo del gato ya no sentiría deseos de comerse una naranja sino el repugnante y vivo deseo de comerse un ratón. Se estremeció al imaginarlo preso entre sus dientes después de la cacería. Lo sintió debatirse en sus últimos intentos de fuga, tratando de liberarse para llegar otra vez hasta su cueva. No. Todo menos eso. Era preferible seguir allí eternamente, en ese mundo lejano y misterioso de los espíritus puros.

Pero era difícil resignarse a vivir olvidada para siempre. ¿Por qué tenía que sentir deseos de comerse un ratón? ¿Quién primaría en esa síntesis de mujer y gato? ¿Primaría el instinto animal, primitivo, del cuerpo, o la voluntad pura de mujer? La respuesta fue clara, cristalina. Nada había que temer. Se encarnaría en el gato y se comería su deseada naranja. Además sería un ser extraño, un gato con inteligencia de mujer bella. Volvería a ser el centro de todas las atenciones... Fue entonces, por primera vez, cuando comprendió que por sobre todas sus virtudes estaba imperando su vanidad de mujer metafísica.

Como un insecto cuando pone en guardia sus antenas así orientó ella su energía por toda la casa en busca del gato. A esa hora debía de estar aún sobre la estufa soñando que despertará con un tallo de valeriana entre los dientes. Pero no estaba allí. Volvió a buscarlo, pero ya no encontró la estufa. La cocina no era la misma. Los rincones de la casa le eran extraños; ya no eran aquellos oscuros rincones llenos de telaraña. El gato no estaba en ninguna parte. Buscó por los tejados, en los árboles, en los canales, debajo de la cama, en la despensa. Todo lo encontró confundido. Donde creyó encontrar, otra vez, los retratos de sus antepasados, no encontró sino un frasco con arsénico. De allí en adelante encontró arsénico en toda la casa, pero el gato había desaparecido. La casa no era ya la misma de antes. ¿Qué había sido de sus cosas? ¿Por qué sus trece libros favoritos estaban cubiertos ahora de una espesa capa de arsénico? Recordó el naranjo del patio. Lo buscó y trató de encontrar otra vez “el niño’’ en su hueco de agua. Pero no estaba el naranjo en su sitio y “el niño” no era ya sino un puño de arsénico con ceniza bajo una pesada plataforma de concreto. Ahora sí dormía definitivamente. Todo era distinto. Y la casa tenía un fuerte olor arsenical que golpeaba el olfato como desde el fondo de una droguería.

Sólo entonces comprendió ella que habían pasado ya tres mil años desde el día en que tuvo deseos de comerse la primer naranja.


*** No encuentro la referencia precisa, puede ser entre el número 81 al 86, porque la referencia dada es que después de “Tercera resignación”, su primer cuento publicado en el número 80, publicó su segundo cuento de 2 a 6 semanas después. Luego fue el Bogotazo y no publicó más ahí.


1.3.14

Los gatos y sus escritores (o pintores): Remedios Varo

María de los Remedios Alicia Rodriga Varo y Uranga, o Remedios Varo, nació en España pero se volvió mexicana. Con la guerra civil en 1936 huyó a Francia y de Francia, con la guerra mundial, fue rescatada por México en 1941. Vivió haciendo de todo, dibujo técnico para el Ministerio de Salud Pública de Venezuela, promociones para Bayer, decoración de instrumentos musicales y muebles, propaganda antifascista, hasta que en 1952 que se casa con Walter Gruen, un millonario que la apoya totalmente y es cuando ella se pone a pintar y pintar y pintar. Este periodo se conoce como la década mexicana. Muere en 1963 de un ataque al corazón.

En el 2002 Walter Gruen donó 39 de sus pinturas al museo de Arte Moderno de la Ciudad de México. En cuanto hizo eso, la zopilota de su sobrina, Beatriz, indicó que como Remedios nunca se divorció de su primer marido, Gruen no tenía derecho de donar las pinturas. De hecho, cuando murió Remedios el hermano se comunicó con Walter y le exigió un monto de dinero, un juego de plata y un cuadro. Walter, como no quería problemas, les entregó todo eso. Ahora, hay que recordar que este tipo nunca apoyó a su hermana, que era muy pobre, pero conforme pasaba el tiempo Remedios se fue haciendo más famosa. Al grado que la sobrina vendió el cuadro en 1994 por 550 mil dólares

Walter, calmadamente explicó que de hecho él compró todas las pinturas de Remedios, ella las vendía muy barato y vendió todas. Entonces el viejito recibió un par de cuadros como regalo de cumpleaños y cuando alguno se ofrecía, lo compraba.

Por eso sólo tuvo 39. Así que podía hacer lo que quisiera con las pinturas, dígase, donarlas al museo porque Remedios siempre había querido eso. La bruja Beatriz metió batallas legales y abogados y jueces corruptos que peleaban ferozmente. Pero de buenas, Walter ganó y sus obras se declararon Patrimonio Nacional. El viejito se murió en el 2008

Aquí pueden visitar 4 cuadros de la Donación de Walter Gruen y Ana Alexandra Varsoviano en Memoria de Isabel Gruen Varsoviano.
  
Ahora, Remedios era una mujer muy privada, odiaba dar entrevistas o que se hablara de su vida. Así que no sé si le gustaban o no los gatos, les dejo unos cuadros de ella para que ustedes juzguen.

Arquitectura vegetal (1962)

El vagabundo (1957)
El gato helecho (1957)

Energía cósmica (1956)

Mimetismo (1960)

Revelación o El relojero (1955)

Simpatía (1955)

Vagabundo (1957)

Visita inesperada (1958)

Robo de sustancia (1955)

El gato hombre (1943)

El paraíso de los gatos (1955)




22.2.14

Los gatos y sus escritores: Elena Garro

Hoy les voy a contar de esta mujer felina, Elena Garro. Es una escritora fenomenal, abajo les dejo la liga a un cuento de ella, "La culpa es de los tlaxcaltecas". Tiene varias novelas, cuentos y obras de teatro. Debería ser más famosa que Juan Rulfo, pero no lo es.

Ella estuvo casada con Octavio Paz, se conocieron cuando ella estaba bien joven (16 ó 21 años, dependiendo de quién lo cuente) y él era un esposo celosísimo. Era una relación tormentosa que siempre la marcó a ella, ya separados ella seguía rabiando por él, lo odiaba con pasión. Decía, “Yo vivo contra él, estudié contra él, hablé contra él, tuve amantes contra él, escribí contra él y defendí a los indios contra él, escribí política contra él, en fin, todo, todo, todo lo que soy contra él".

Un día de 1949, Elena y Octavio conocieron al guapo Adolfo Bioy Casares y a su esposa, Silvina Ocampo. Ella cuenta de ese evento: “Nos conocimos un mediodía, fuimos los cuatro, con Paz y Silvina, a almorzar al hotel George V, el más elegante de París. Después del almuerzo, Bioy me invitó a pasear en su coche alquilado por el Bois de Boulogne.  De pronto, en el paseo, simplemente me dijo: Quítese el rouge que la voy a besar’.”

Después se fueron unas cuantas horas a un hotel. ¡Zaz!
Aquí Adolfito a la izquierda y Elena a la derecha
(y un clavito entre los dos)


Ese amor quedó documentado en 91 cartas que le mandó Bioy Casares y que ella le vendió a Princeton  porque necesitaba dinero en 1997, un año antes de su muerte.

Era terriblemente incongruente en una realidad que se asume única. Era antifascista pero fue al funeral de Franco. Protestaba por los campesinos indígenas al grado de tumbar la puerta de un funcionario a patadas porque  no quería recibirlos y después de la matanza de Tlatelolco en 1968, dicen que ella era espía de Díaz Ordaz. Denunciaba a los artistas e intelectuales de izquierda pero odiaba a Carlos Fuentes (que era de derecha, amiguísimo de Luis Echeverría). Parece que era espía de la CIA, del Vaticano, de Fidel.
 Estaba en contra de la democracia por ser una dictadura (yo estoy de acuerdo con eso), odiaba el clasismo y el racismo pero quería quedarse en hoteles de 5 estrellas.

Yo creo que ella era felina, que vivía una realidad muy suya, muy gatuna, de tiempos mezclados y de jugar con un listón y luego arañar, sin significar eso realmente una postura definida. De odiar tanto a Paz que hacía todo por él. A ella la han criticado mucho, la tacharon de loca, de sucia, de amargada, puf. De eso Esther Seligson decía “a Elena déjenla en paz, mejor leámosla”.

También, otro gran problema de Elena fue que no era rica, que de serlo sería recordada como Frida Kahlo o Leonora Carrington. Su otro gran problema era que era mujer en tiempos en las que las mujeres calladitas se ven mejor, y si hablan, deben evitar totalmente la emoción. Eso de andar tasajeando las llantas de los escritores que no le hicieron caso cuando pidió recursos para los campesinos en una reunión en el Fondo de Cultura Económica, como que no era muy bien visto.

En fin, yo aquí de lo que les voy a hablar es de los gatos de Elena Garro. Ella amaba a los gatos, completamente.
Aquì ella jovencita


Cuando murió ella tenía 37 gatos que vivían con ella y su hija, ellas dormían en la sala y los gatitos en las recámaras.
Elena Garro y Ministro

Una vez, en 1972, la policía le mató a tres de sus gatos, Humitos, Juan Lamas y Conradino. Entonces agarró a sus cuatro gatos favoritos, los más queridos y amados por ella, Tomi, Anamaría, Maxi y Lafitte, los metió en una caja de cartón y se los mandó a Bioy Casares para que se los cuidara. Ella tenía miedo que se los fueran a matar también. Pero él tenía perros, así que decidió llevárselos a una finca y donde abre la caja, puf se fueron corriendo y nunca los volvió a ver. Elena jamás se lo perdonó y nunca más volvió a verlo.  “Ese día se murió Bioy para mí”, dijo

Y así, sin un maullido, terminó ese romance. 


Les dejo La culpa es de los tlaxcaltecas para que vean la genialidad. 

¡Miau!

18.2.14

Los gatos y sus escritores: Carlos Monsiváis

Todos saben sobre el amor que Carlos Monsiváis le tenía a los gatos. 
Un gato no posa

Los gatos, llegó tener hasta doce de una vez, se orinaban en todo, jamás los regañaba y ellos llenaban de pelo los libros y toda superficie habida y por haber.

Si alguien se atrevía a hablarle feo a uno de sus gatos, esa persona era corrida de inmediato. Él no toleraba el maltrato en lo absoluto. 

Era parte de una organización protectora de gatos, Gatos Olvidados, y todos sus gatos eran adoptados (menos dos).
Monsi joven con gato joven

Un día Carlos Slim, el rico más rico del mundo, fue a visitar a Monsivais para hablar sobre algunas piezas de su colección. Entró y se quitó su carísimo saco italiano de pelo de camello o algo así, Siniestro Chocorrol, que no le daba la gana impresionar a nadie, primero se acostó sobre el saco y luego se orinó sobre él. Cuando Slim se fue, no se dio cuenta y se puso el saco, Monsiváis no le dijo nada y así se fue Slim, todo meado. Así que le debemos una al Chocorrol.

Cuando se enfermó de fibrosis pulmonar le prohibieron convivir con sus gatos, y él trató de alejarse de ellos, pero no podía. Y los gatos tampoco, Miau Tse Tung se brincaba por las ventanas con tal de entrar a verlo, maullando desconsolado.

A Mito Genial Monsiváis le leía para hacerlo dormir, se enojaba mucho porque el gato no le hablaba. Él quería mucho a ese gato, quien sintió que se le iba a ir y se murió dos días antes que el escritor.

De los gatos, Monsiváis dijo una vez :

No sé, no sé explicarlo pero para mí el gato tiene demasiadas cualidades, es de una belleza cambiante, es grácil, presenta lo que decía un poeta: "Un gato es nuestra única posibilidad de acariciar un tigre", es débil, es fuerte, es mañoso, es humilde, es distante, es cercano, nunca su domesticidad es absoluta, defiende su territorio, sabe ausentarse cuando uno ya le fastidió y pues nunca demasiadas cosas para mí son para eximirme de tener gatos. Sé que es una pasión que no puede transmitirse verbalmente, que cada quien la tiene, la expresa con el fervor posible, pero que cuando se tiene es inútil querer erradicarla. En mi caso además tengo la fortuna de que mis gatos son longevos, entonces mi relación es muy prolongada y profunda.

Les dejo algunos nombres de sus gatos: Recóndita Armonía, Ansia de Militancia, Eva Siva, Fray Gatolomé de las Bardas, Monja Desmecatada, Miss Oginia, Miss Antropía, Catástrofe, Pío Nonoalco, Nana Nina Ricci, Posmoderna, Caso Omiso, Zulema Maraima, Voto de Castidad, Catzinger, Peligro para México, Copelas o Maullas, Rosa Luz Emburgo, Ale Vosía, Victoria Sobre el Fraude, Carmelita Romero Rubio de Díaz y Lalito Montemayor.
Miau

Si quieren leer más sobre esto, Vanesa Job le tiene una entrevista genial. 

17.2.14

Los gatos y sus escritores: Elena Poniatowska

Elena Poniatowska tiene dos gatos, a quienes nombró en honor a su querido amigo, el escritor Carlos Monsiváis. Ella antes tenía cuatro canarios, pero cuando él se murió, ella se consiguió dos gatos, uno gato y una gata: Él se llama Monsi y ella Vais. Y los canarios dejaron de cantar, así que los regaló.

El de atrás es Monsi, el de adelante es Vais

A los tres años de su muerte, entre ella y El Fisgón (Rafael Barajas) hicieron un libro sobre un gatito con pelo chino, juguetón y que usa lentes. Sansimonsi vive en la Ciudad de México y camina por sus calles y se sube a sus bardas, llena la ciudad de maullidos y pelos.

Y él que no creía en la reencarnación

Es un homenaje a él, obviamente. El escritor vivía en la calle San Simón y el gatito se ríe de las maldades que piensa escribir de los dipugatos y presidentes de México.

También una especie de venganza, porque es un libro para niños y Monsiváis odiaba a los niños. Yo creo que tanto Poniatowska, como todos los gatos de Monsivais, se quedaron muy enojados de que un día se murió primero y así nomás, sin tener la decencia de avisar.



El libro es de ediciones Uache, lo pueden comprar en las librerías del FCE y en las Gandhi. Cuesta 180 pesos.

12.2.14

Los gatos y sus escritores: Guillermo Cabrera Infante

Cuando Guillermo Cabrera Infante vivía en Londres, el único habitante inglés de su casa era Jaime Diego Jacobo Yago Santiago Offenbach.
Guillermo Cabrera Infante y  Jaime Diego Jacobo Yago Santiago Offenbach.

Él escribió sobre Offenbach:

¿Nadie es dueño de un gato?

Siempre había leído y oído decir que nadie es verdaderamente dueño de un gato, que se trata de una asociación libre que el gato puede romper cuando menos se lo espere y desaparecer para no volver jamás. No ocurre así con los siameses, a los que algunos llaman los gatos-perros, aunque en su nativa Siam eran llamados los gatos-monos. Offenbach es un siamés con puntos de lila.


Fuente: Las mejores historias sobre gatos. Nuevos Tiempos 234. España: Siruela, 2012. 
Si quieren leerlo completo, acá.

11.2.14

Los gatos y sus escritores: Julio Cortázar

Julio Cortázar tenía un gato llamado Theodor W. Adorno, o realmente no. No lo tenía.

Era un gato libre que vivía en un pueblo en donde Cortázar vacacionaba. Un día que volvió al pueblo, Theodor W. Adorno vio a Cortázar y lo ignoró. A mí se me hace que Theodor W. Adorno lo extrañaba y al verlo le dio tanta rabia por haberlo dejado solo, que le dejó de hablar. Luego eso hacen los gatos.

Cortázar y gato

El cuento “Orientación de los gatos”, el personaje Osiris, ese ajolote maullador, le hace un guiño a ese momento a Theodor W. Adorno, gato.

Fragmento del cuento:

Llegábamos al final de la galería, me acerqué a la puerta de salida ocultando todavía la cara, esperando que el aire y las luces de la calle me volvieran a lo que Alana conocía de mi. La vi detenerse ante un cuadro que otros visitantes me habían ocultado, quedarse largamente inmóvil mirando la pintura de una ventana y un gato. Una última transformación hizo de ella una lenta estatua nítidamente separada de los demás, de mí que me acercaba indeciso buscándole los ojos perdidos en la tela. Vi que el gato era idéntico a Osiris y que miraba a lo lejos algo que el muro de la ventana no nos dejaba ver. Inmóvil en su contemplación, parecía menos inmóvil que la inmovilidad de Alana. De alguna manera sentí que el triángulo se había roto, cuando Alana volvió hacia mí la cabeza el triángulo ya no existía, ella había ido al cuadro pero no estaba de vuelta, seguía del lado del gato mirando más allá de la ventana donde nadie podía ver lo que ellos veían, lo que solamente Alana y Osiris veían cada vez que me miraban de frente.


10.2.14

Los gatos y sus escritores: Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges tenía dos gatos, Odín y Beppo.

Odín se peleaba consigo mismo en el espejo.
Borges y Odín

Beppo, dice Borges, "se llamaba Peppo, pero que era un nombre horrible, entonces se lo cambié enseguida por Beppo, un personaje de Byron. El gato no se dio cuenta y siguió su vida".
La gente decía que Beppo era insufrible
  

Y aquí un poema que él escribió sobre los gatos:

A un gato

No son más silenciosos los espejos
ni más furtiva el alba aventurera;
eres, bajo la luna, esa pantera
que nos es dado divisar de lejos.
Por obra indescifrable de un decreto
divino, te buscamos vanamente;
más remoto que el Ganges y el poniente,
tuya es la soledad, tuyo el secreto.
Tu lomo condesciende a la morosa
caricia de mi mano. Has admitido,
desde esa eternidad que ya es olvido,
el amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás. Eres el dueño
de un ámbito cerrado como un sueño.




Se acabó la entrevista, ¡fuera!

8.2.14

Los gatos y sus escritores: Charles Bukowski

El cínico Charles Bukowski tenía muchos gatos. 

Hay un poema que él escribió que yo entiendo y mi gato entiende, pero no me gustan las versiones que existen en español, así que pongo la mía, el original en inglés está después (y mucho mejor).

Aunque tengo problemas con el título. No sé si debería ser “La historia de un cabrón hijo de puta” o “La historia de un duro hijo de puta”. Creo que cabrón suena mejor.


La historia de un cabrón hijo de puta
llegó a la puerta una noche mojado flaco golpeado y
aterrorizado
un gato blanco bizco y sin cola
lo dejé entrar le di de comer y se quedó
aprendió a confiar en mí hasta que un amigo se metió a la cochera
y lo atropelló
llevé lo que quedaba al veterinario que dijo “no hay
mucha chance… dale estas pastillas… su columna
está aplastada, pero estuvo aplastada antes y de alguna forma
se arregló, si sobrevive no va a caminar, mira estas
radiografías, le dispararon, mira aquí, los balines
ahí siguen… también, alguna vez tuvo cola, alguien
se la cortó…”
Me llevé al gato, era un verano caliente, uno de los
más calientes en décadas, lo puse en el
baño, le di agua y pastillas, no comía, no
tocaba el agua, y mojé mi dedo en ella
y le mojé la boca y le hablé, no me fui a
ningún lado, le metí muchas horas al baño y le hablé
y con cuidado lo tocaba y me miraba con
sus claros ojos azules y bizcos y los días pasaban
y se movió
arrastrándose con sus patas de adelante
(las de atrás no funcionaban)
y llegó hasta la arena
se impulsó hacia arriba y luego dentro,
era como un inicio de clarín de victoria
retumbando en ese baño y hasta en la ciudad, yo
me relacionaba a ese gato- me había ido mal, no tan
mal, pero sí mal
una mañana se levantó, se paró, se cayó y
se me quedó viendo.
“Ándale”, le dije.
siguió tratando, levantándose cayéndose hasta
que caminó unos pasos, como borracho, las
patas de atrás nomás no querían hacerlo y se cayó, descansó,
y luego se paró.
ya saben el resto: ahora está mejor que nunca, bizco,
casi chimuelo, pero la gracia volvió, y esa mirada en
sus ojos nunca se fue…
y a veces cuando me entrevistan, quieren escuchar de
la vida y la literatura y me emborracho y agarro a mi gato
bizco, disparado, atropellado, descolado y digo “¡mire, mire
esto!”
pero no me entienden, dicen cosas como “¿a usted lo
ha influido Celine?”
“no,” levanto al gato, “por lo que pasa, por
cosas como ésta, por esto, ¡por esto!”
Y sacudo al gato, lo levanto en
la luz borracha llena de humo, está relajado sabe
que es ahí cuando terminan las entrevistas
aunque me da orgullo a veces cuando veo las fotos
luego que estoy ahí y ahí está el gato y nos foto-
grafiaron juntos.
Él también sabe que es pura mamada pero eso de alguna manera ayuda.




The History Of One Tough Motherfucker
he came to the door one night wet thin beaten and
terrorized
a white cross-eyed tailless cat
I took him in and fed him and he stayed
grew to trust me until a friend drove up the driveway
and ran him over
I took what was left to a vet who said, "not much
chance… give him these pills… his backbone
is crushed, but is was crushed before and somehow
mended, if he lives he'll never walk, look at
these x-rays, he's been shot, look here, the pellets
are still there…also, he once had a tail, somebody
cut it off…"
I took the cat back, it was a hot summer, one of the
hottest in decades, I put him on the bathroom
floor, gave him water and pills, he wouldn't eat, he
wouldn't touch the water, I dipped my finger into it
and wet his mouth and I talked to him, I didn't go any-
where, I put in a lot of bathroom time and talked to
him and gently touched him and he looked back at
me with those pale blue crossed eyes and as the days went
by he made his first move
dragging himself forward by his front legs
(the rear ones wouldn't work)
he made it to the litter box
crawled over and in,
it was like the trumpet of possible victory
blowing in that bathroom and into the city, I
related to that cat-I'd had it bad, not that
bad but bad enough
one morning he got up, stood up, fell back down and
just looked at me.
"you can make it," I said to him.
he kept trying, getting up falling down, finally
he walked a few steps, he was like a drunk, the
rear legs just didn't want to do it and he fell again, rested,
then got up.
you know the rest: now he's better than ever, cross-eyed
almost toothless, but the grace is back, and that look in
his eyes never left…
and now sometimes I'm interviewed, they want to hear about
life and literature and I get drunk and hold up my cross-eyed,
shot, runover de-tailed cat and I say,"look, look
at this!"
but they don't understand, they say something like,"you
say you've been influenced by Celine?"
"no," I hold the cat up,"by what happens, by
things like this, by this, by this!"
I shake the cat, hold him up in
the smoky and drunken light, he's relaxed he knows…
it's then that the interviews end
although I am proud sometimes when I see the pictures
later and there I am and there is the cat and we are photo-
graphed together.
he too knows it's bullshit but that somehow it all helps.

una fuente

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