Entrada dedicada a todos los niños
Me he dislocado el hombro dos o tres veces (
la verdad, como la primera vez tenía piedras incrustadas en la mano y el tobillo deshecho, estaba debajo de la bicicleta y me sangraba la cabeza y todo me caía en el ojo, no recuerdo bien si me zafé el hombro o no, a pesar de no poder moverlo por una semana). El tobillo otras tantas (
aunque admito que de muy temprana edad aprendí que no sé volar, trepar bardas o huir velozmente por una ventana) , la muñeca (
por jugar a que sabía kung fu), la rodilla (
al rescatar a un perro de un terrible y lodoso destino ), dos descalabradas de hospital (
niños malos en el kinder), el cuello (
aikido gone wrong), etc (
escalar, manejar, caminar, chocar contra la pared por ir persiguiendo un gato, etc).
Ante todas, mi familia formulaba monólogos en la cabeza del tipo:
“¡chinampinas ahogadas, edigator! ¿Otra vez,? maldita sea, como si el yeso se pagara solo” y “
bájale a tus berridos, chihuahua, ya deberías acostumbrarte”.
En sí, lo malo es que la segunda o tercera vez, duele igual que la primera. Pero la tercera vez que te rompes el tobillo no tiene la misma urgencia que la primera, así que de ¡
corre corre, la niña se rompió! pasa a un susurrado
aguántate tantito mijita, deja termino esta llamada.
Realmente, si consideramos todo, sí exagero, porque a lo mucho, lo más que esperé fue una semana.
La verdad, sé que soy muy frágil (
o muy torpe, o ambas) y que casi me puedo romper todo.
Casi.
Sin embargo, me tranquiliza un poco saber que
nunca me pasará esto:

¡Un yei por mis ovarios!
Radiografía tomada de donde dice ahí.