29.10.17

Sobreviviendo la escuela pública: semana 8

Semana ocho o nueve, no sé, de la iguana mexicana haciéndola de maestra en una escuela pública en vacalandia

Esta semana aprendí que tengo la amígdala sobre estimulada. Bueno, primero les cuento lo primero y luego llegamos a la amígdala.

La siguiente semana se tienen que entregar calificaciones. El sistema es chistoso porque la escala es de 0 a 4, 4 siendo lo más alto. Se da un 4 cuando el trabajo del alumno o alumna excede expectativas, 3 cuando se cumplen las expectativas y se demuestra competencia, 2 es cuando no demuestra comprensión del contenido o habilidades, 1 es poder escribir su nombre y respirar. Me imagino que 0 es cuando no van a clase.

La calificación para aprobar es 1.25.

Pero si no pasan, sólo van a la escuela de verano y respiran y ya. Pasan al siguiente grado y son problema de las preparatorias, no nuestro.

No olvidemos que las primeras 4 semanas fueron puros exámenes (que por cierto, son administrados por empresas privadas y los resultados se venden a otras empresas privadas que pronostican crecimiento en fuerza laboral, casas habitación, ingreso a universidades y, según una leyenda urbana, incremento de celdas en las cárceles privadas). First world, para ustedes.

En esas 3 semanas de "clase" tuve que ir a una capacitación de todo el día y esta semana fue corta porque tuvimos otra capacitación para todos los maestros y maestras de la escuela durante el viernes todo el día (y se enfermaron muchísimos, no pudieron ir, pobres, seguro había un germen o algo así). Así que, salvo que los califiquemos en su capacidad para responder exámenes, no veo qué estamos evaluando.

En general, veo que los maestros y maestras están llegando a una especie de anestesia, sus personalidades están siendo erosionadas y la maestra que lloraba cada que un niño le decía que era una gorda pendeja y que se suicidara antes de que vengan por ella para meterla a un laboratorio para estudiar cómo es que las morsas hablan inglés, ahora ve al niño y le dice que se quede sentado o que deje las tijeras.

Las maestras se paran frente a la clase y dicen palabras y dan instrucciones, imparten la clase que prepararon y les dan copias y actividades estimulantes mientras los niños y niñas brincan en las mesas y se insultan, insultan a la maestra, se salen del salón, le jalan el pelo a alguien, se avientan comida, se escupen, o se ponen audífonos y cantan en voz alta para que no puedan oír a la maestra.

Un salón de clases es más parecido a un mercado en domingo que a pues… un salón de clases.

La capacitación del viernes no fue para hablar de esto o nuestra salud mental. Nope, fue para hablar del cerebro triúnico. Porque, para esto, estamos leyendo un libro que escribió una mercadóloga para aprender a cómo lidiar con minorías. Es un texto plagado de errores factuales, generalizaciones de las culturas orales y colectivas (aka la mexicana y la negra) vs. las culturas intelectuales e individuales (como la gringa, según la mercadóloga) y consejos baratos y estúpidos de cómo tenemos que usar vulnerabilidad selectiva para conectar con los alumnis.

Becky, lo que Juanito necesita es que no deporten a su mamá, no que yo le cuente que extraño a mi gato.

Entonces, según este libro y la capacitación de 4 horas sobre cerebros reptilianos (donde su servilleta se sentía muy simpática, porque se identifica con cualquier cosa escamosa) tuvimos que trabajar sobre cómo desestimular la amígdala en los alumnis, cuya función (de la amígdala) es responder ante el peligro: correr, pelear o congelarse (según la mercadóloga, que yo creo que abrió el libro de neurología de la década de 1960 y agarró palabras apantallapendejos).

Anywho, resulta que mientras pasaban las horas y las horas yo me estaba dando cuenta que las capacitadores beckies hablan de buenas intenciones y diferencias culturales y más evaluaciones y más reglas y más métodos burocráticos para poder lidiar con los negros y latinos (bueno, no dicen eso, no, dicen, “para que las minorías que pertenecen a las culturas colectivas  puedan adaptarse al rigor intelectual de una cultura como la nuestra”) cuando lo que se necesita es:

  1. Admitir que son racistas y que esta ciudad es racista y eso afecta a los alumnos y alumnas,
  2. Admitir que el sistema y el presidente (elegido por la mayoría) también es racista y eso ha envalentonado a la gente a ser todavía más racista y eso también afecta a los alumnos y alumnas,
  3. Admitir que el sistema prefiere deportar o meter a la cárcel a todas estas minorías y los alumnos lo saben.
  4. y, finalmente, admitir que los alumnos y alumnas han vivido con eso toda su vida y no se va a quitar usando rúbricas o Notas Cornell (las otras 4 horas de la capacitación fueron sobre esto). 

Al final, me di cuenta que quien tenía sobre estimulada la amígdala era yo, la reptílica edigator, que estoy entre salir corriendo cual lagartija basilisco sobre el agua o básicamente agarrar una silla y partirle la cara a todos estas beckies (y al vaquero sin vacas).
mente de la edigator


Por suerte, como todas estas teorías del cerebro triúnico y el secuestro de la amígdala y el cerebro reptiliano ya han sido probadas como falsas o incompletas, no le aventé la silla a nadie y al salir mejor me puse a ver la segunda temporada de StrangerThings.

Pus data:
Esta semana que viene tendremos simulacro de código rojo. Yo no sabía qué era eso, los alumnos y alumnas me explicaron que es cuando entra un asesino con un arma y tienen que esconderse en los clósets y guardar silencio. Un simulacro que hacen cada 6 meses desde que están en el kínder.


Good times.

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