10.10.10

¡Cuerpos! ¡cuerpos calientes! ¡Vengan por sus cuerpos!

Ya llegó a Madtown la exhibición de los cuerpos.

Explico, una compañía (Premier Exhibitions) trae una exposición de cuerpos humanos (llamados por ellos "especímenes" o “piezas”). Cuesta entre 20 y 40 dólares por persona y han hecho un excelente negocio. Parece que las ganancias ascienden a dos millones de dólares por cada ciudad que han visitado (sin contar Nueva York, Las Vegas y otros Hot Spots).

En México no todas las “piezas” (o personas fallecidas) pudieron ser exhibidas en emocionantes posiciones porque en México no se permite la entrada a cadáveres cuyos orígenes son dudosos. Osea, si no hay documentos que prueben que no se está traficando con órganos o cuerpos, el cadáver no entra al país. Pero como el resto de los “especímenes” sí traían documentación (como por ejemplo, eran cuerpos no reclamados por familiares o cuerpos donados a la ciencia por sus antiguos humanos), los dejaron pasar.

Ha habido mucha controversia sobre la exhibición porque son de personas que no consintieron en que sus cuerpos fueran exhibidos, la razón por la cual los cuerpos fueron rentados por la Universidad Dalian en Liaoning, China fue porque que nadie estuvo en el momento de su muerte para reclamarlos. También la exhibición tiene restos humanos de ciudadanos chinos o residentes que fueron entregados por el Buró de Policía China (que pueden recibir cuerpos de las prisiones).  

Pero además, traían cuerpos de personas cuya documentación no pudo ser encontrada, ni su nombre, ni su consentimiento, ni su procedencia. Entonces, el uso de los cuerpos de estas personas en particular no fue permitido. El resto de los cuerpos fue exhibido.

Se me hace interesante esta memoria tan selectiva que tenemos. Si una exhibición de cuerpos humanos no puede probar absolutamente todo el consentimiento de cada uno de los cuerpos; si no se conocen los nombres, las fechas, las vidas de cada uno de los sujetos exhibidos; si se le llama a alguien pieza o espécimen; si se ponen a las ex-personas en absurdas posiciones para demostrar si se está lucrando con la exhibición (no la familia del muerto); entonces el show no debe continuar.

Si alguien quiere que su cuerpo sea usado por una empresa como espécimen o “pieza”, quiere recorrer el mundo de manera plastificada, yo digo, adelante, es su cuerpo. Supongo que es preferible eso a que te metan a un ataúd y te echen piedras encima ...  y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí te quedas, de aquí ya no sales. Además, es una decisión voluntaria.

Pero, pienso en esto. Mi abuela fue al mercado y nunca regresó.  Esto fue hace ya 30 años en la Ciudad de México. Entonces, ¿además de imaginarme que quizás todavía esté viva, que fue asesinada, que murió de causas naturales, que esté secuestrada, que la hayan atropellado, que esté en un hospital en coma, que tenga amnesia, que sus huesos estén en una escuela de medicina, que huyó a irlanda con el amor de su vida, que está perdida y todavía no encuentra cómo regresar, además de imaginarme todo, de pensar en todo, de esta duda que siempre siempre va a plagar a mi familia, ahora tengo que imaginarme que quizás está siendo exhibida, plastificada, en poses absurdas, con su cuerpo vagando de ciudad en ciudad para que Mel Gibson se tome fotos con ella?



2.10.10

La lagarta está llorando

Hoy bajará la temperatura a 0 grados (30 Farenheit). Así que decidimos prender la calefacción del departamento.

Esto ha sido lo más emocionante y espontáneo que mi marido y yo hemos hecho desde que nos casamos.

25.9.10

De por qué odio el kareoke

Cuando yo era menor (uhh), en torno de una mesa de cantina (digo, de cocina), en noches de invierno o primavera, regocijadamente departíamos todos en familia, como alegres bohemios.

Los ecos y risas escapaban de aquel sitio quieto que iban a interrumpir el imponente y profundo silencio. El humo de olorosos cigarrillos en espirales se elevaba al cielo, simbolizando resolverse en todo la vida de los sueños. Pero siempre, en todos los labios había risas (y ocasionales desaciertos). Poca inspiración en los cerebros y repartidas en la mesa, copas llenas de ron, güisqui o cerveza (para los niños coca-cola).






Era curioso ver aquel conjunto, aquel grupo bohemio, del que brotaba la palabra chusca (o la que vierte veneno) lo mismo que melosa y delicada, la música de un verso. A cada nueva libación, las penas se hallaban más lejos, y de nuestro grupo la nueva inspiración llevaba aquel cerebro, chascarrillos y versos. Y de pronto, un tío, de voz varonil decía de pronto. “Es hora, compañeros, digamos que cantamos como cantaban los muertos, brindemos por la hora que comienza, por los niños nuevos, venga la guitarra y tratemos, como lo hizo nuestro padre, a cantar los desconsuelos”


Mi otro tío, de barbas y desafinado decía, “brindo porque ya hubiere a mi existencia puesto fin con violencia si no fuere por el sino una pálida estrella”. Rechiflas, alzaba entonces su copa mi padre, y empezaba un bolero. Más tonos disonantes no se escucharan en estadios.




cantemos por el pasado, empezaba, que fue de luz, de amor y de alegría,
      y respondíamos, como leyéndonos las mentes, “¡por arriba!”
y en el que hubo mujeres seductoras (¡por abajo!)
y frentes soñadoras (¡por arriba!) 

que se juntaron con la frente mía (¡por abajo!)

y mi tío el de las barbas rasgaba en las cuerdas un chuntata...

Entre todos berreaban:


brindo por el ayer que en la amargura, que hoy cubre de negrura (mis calzones, exclamábamos) 
mi corazón, esparce sus consuelos (por arriba) 
trayendo hasta mi mente las dulzuras (por abajo) 
de goces, de ternuras, (sin calzones) 
de dichas, de deliquios, de desvelos. (por abajo).


Pero no. Ahora vamos a un kareoke, oscuro y ruidoso. Las caras se esconden, no hay lugares de guitarras, ni de pianos desafinados, ni de entonar nada. La letra en una pantalla. Unas máquinas, una voz en off que llama “Edigator, al micrófono” y uno trata de cantar la maldita primavera y los otros beben, se esconden en los vasos, platican entre ellos. Uno se vuelve a sentar y llaman al ruedo al siguiente toro, masculla “querida” o cualquier otra. aplaudimos. se acaba. Salimos a fumar afuera, el humo se dispersa entre camiones y borrachos que por las calles entonan melodías estúpidas (y geniales)…





Me pongo nostálgica cuando la exhibición de la mediocridad rompe las mesas de cocina y ni siquiera se ambiciona robarle inspiración a la tristeza (por abajo).



 
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