Hace un par de días se volvió a llenar el cielo de nubes emborregadas que se sacudieron y nos cubrieron de caspa.
Como hemos tenido un invierno extraño, con recortes presupuestarios de nieve y frío, cuyos efectos posiblemente se sufrirán en verano, el que amanezca blanco es un evento que se nota.
Yo les tomé unas fotos para que ustedes pudieran verlas:
A la derecha
A la izquierda
Justo enfrente
Y unas cuantas horas después, puf, se esfumó.
A la derecha
A la izquierda
Justo enfrente
Fue un orgasmito de lo breve.
Si no miramos en el justo momento en el que debemos (no,no en al ratito, no en cuanto pueda, no en ahorita que termine, no)... si no nos detenemos tantito, se nos va la vida.
En Monterrey realmente no hay estaciones, nos enteramos que llegó o se fue el verano sólo por la fecha del calendario.
Cuando hay que "ahorrar luz" o aprovechar al máximo el día, ajustamos nuestros relojes según la agencia de los tenedores del tiempo, no porque obscurezca más temprano.
En Monterrey el tiempo se sabe por máquinas y consenso.
El clima es constante, siempre está de la chingada, y nunca puedes guardar ni tus abrigos ni el abanico.
En cambio acá en vacalandia, de repente un día como cualquier otro, así zaz, sin pensarlo. Sin preveerlo, así nomás, se nos enfrían las orejas y llega el viento y nos arroja un papel en la cara y tropezamos y volteamos para arriba y vemos que los árboles se volvieron sicodélicos.
Cuando yo era menor (uhh), en torno de una mesa de cantina (digo, de cocina), en noches de invierno o primavera, regocijadamente departíamos todos en familia, como alegres bohemios.
Los ecos y risas escapaban de aquel sitio quieto que iban a interrumpir el imponente y profundo silencio. El humo de olorosos cigarrillos en espirales se elevaba al cielo, simbolizando resolverse en todo la vida de los sueños. Pero siempre, en todos los labios había risas (y ocasionales desaciertos). Poca inspiración en los cerebros y repartidas en la mesa, copas llenas de ron, güisqui o cerveza (para los niños coca-cola).
Era curioso ver aquel conjunto, aquel grupo bohemio, del que brotaba la palabra chusca (o la que vierte veneno) lo mismo que melosa y delicada, la música de un verso. A cada nueva libación, las penas se hallaban más lejos, y de nuestro grupo la nueva inspiración llevaba aquel cerebro, chascarrillos y versos. Y de pronto, un tío, de voz varonil decía de pronto. “Es hora, compañeros, digamos que cantamos como cantaban los muertos, brindemos por la hora que comienza, por los niños nuevos, venga la guitarra y tratemos, como lo hizo nuestro padre, a cantar los desconsuelos”
Mi otro tío, de barbas y desafinado decía, “brindo porque ya hubiere a mi existencia puesto fin con violencia si no fuere por el sino una pálida estrella”. Rechiflas, alzaba entonces su copa mi padre, y empezaba un bolero. Más tonos disonantes no se escucharan en estadios.
cantemos por el pasado, empezaba, que fue de luz, de amor y de alegría,
y respondíamos, como leyéndonos las mentes,“¡por arriba!” y en el que hubo mujeres seductoras (¡por abajo!) y frentes soñadoras (¡por arriba!) que se juntaron con la frente mía (¡por abajo!)
y mi tío el de las barbas rasgaba en las cuerdas un chuntata...
Entre todos berreaban:
brindo por el ayer que en la amargura, que hoy cubre de negrura (mis calzones,exclamábamos) mi corazón, esparce sus consuelos (por arriba) trayendo hasta mi mente las dulzuras (por abajo) de goces, de ternuras, (sin calzones) de dichas, de deliquios, de desvelos. (por abajo).
Pero no. Ahora vamos a un kareoke, oscuro y ruidoso. Las caras se esconden, no hay lugares de guitarras, ni de pianos desafinados, ni de entonar nada. La letra en una pantalla. Unas máquinas, una voz en off que llama “Edigator, al micrófono” y uno trata de cantar la maldita primavera y los otros beben, se esconden en los vasos, platican entre ellos. Uno se vuelve a sentar y llaman al ruedo al siguiente toro, masculla “querida” o cualquier otra. aplaudimos. se acaba. Salimos a fumar afuera, el humo se dispersa entre camiones y borrachos que por las calles entonan melodías estúpidas (y geniales)…
Me pongo nostálgica cuando la exhibición de la mediocridad rompe las mesas de cocina y ni siquiera se ambiciona robarle inspiración a la tristeza (por abajo).
Es escalofriante, pero ahora con la absurda necesidad de obtener más y más ganancias y la industrialización y el mass production, han hecho que las antiguas y bellas usanzas se hayan perdido. Incluso en este pueblo verde y hippyoso en donde vivo, es extremadamente difícil encontrar spaguetti recién cosechado, o al menos uno sin pesticidas, un spaguetti que venga de una pequeña y unida familia quien siempre ha mantenido la bella y constante dedicación de plantarlo.
Claro, lo sé, con el invernal clima de Wisconsin es imposible lograr una buena cosecha y los gorgojos come spaguetti se han vuelto terriblemente resistentes. Pero aún así, hay un no sé qué en las cosas artesanales que simplemente se pierde en walmart. Quizás seré excesivamente nostálgica.
Quién hubiera pensado que el documental de 1957 sería uno de los últimos vestigios de esta honrosa y noble tradición.
En fin, si la situación sigue así, al rato será más popular comprar el agua deshidratada que intentar conseguirla fresca. Al menos aquí, la mayoría todavía prefiere la antigua usanza.