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28.6.16

Yira yira

Como les he contado ya, se me disloca el brazo como una vez por año. Pero la última vez (ok, penúltima) en vez de armarme un cabestrillo y descansar me dije, foquit y seguí como si nada, y las consecuencias se presentaron el domingo.

El domingo era un día caluroso y soleado. La alberca comunal de donde vivimos estaba casi vacía porque los gringos pasan la mayor parte de los domingos en sus iglesias odiando a los negros y a los homosexuales mientras comparten recetas alopáticas para luchar contra las paperas y la viruela.

Así que decidimos, el gringo marido y yo, darnos un chapuzón en la alberca y a la vez agarrar tantito sol para no parecer axolotes. En la alberca estaba una mujer con una autoestima altísima pues, a pesar que su traje de baño estaba agujerado y sucio, con su pubis costroso y mostrando monte de venus estilo sasha monenegro, permitía que su piel correosa y desbordante recibiera los rayos del sol sin un atisbo de modestia. Ella, echada en un camastro cual ballena varada, berreaba a su teléfono los últimos chismes de omaigó canyú bilidá?, su hijo, un pelirrojito cagaleche flotaba frente a ella en el agua, tratando de captar su atención mientras lanzaba el agua meada pero clorinada en chorros por la boca, como esas estatuas patéticas de disney.

En el otro extremo chapoteaba una pareja que probablemente encontró el amor cuando se unieron contra un mundo que le exige a las personas inteligencia, belleza o al menos algunos hábitos de higiene. Yo los iba a felicitar por haber adoptado y dado casa al bebé más horripilante del mundo, pero al acercarme me di cuenta que el o la infante compartía la misma ausencia de barbilla y los ojos opacos de vacas marinas, ausentes de conciencia o alma. ¡Se habían reproducido!

Enfrente al cetáceo varado, un hombre asiático llegaba con tres o cuatro niños, pero no lo observé bien porque en esos momentos entré al agua, di un par de brazadas para llegar al extremo más profundo de la alberca, hice un giro raro que no recuerdo y se me dislocó el hombro completamente. El dolor me jaló al fondo y pataleé y salí a la superficie y le grité al marido. marido, ayúdame.

Me volví a hundir y pataleé hacia la orilla, marido, help, y el marido ya venía, lento, parsimonioso, paciente. Me hundí nuevamente y como pude con el otro brazo me pude detener del resbaloso concreto con el que rodean las albercas. El gringo marido ya había llegado y tomó mi brazo dislocado y jaló y yo  me le escapaba, mojada y escurridiza hasta el fondo otra vez. Entre jalada y pataleada y zambullidla pasaron como 5 a 10 minutos tras los cuales obviamente sobreviví, no estoy escribiendo desde la ultratumba con una ouija cibernética.

El gringo marido me salvó, le debo un caballo prieto azabache o algo así, yo inhalé algo de agua meada, me ardían los pulmones, el brazo, ahora lo tengo cubierto en raros hematomas al igual que mis piernas y cadera, pero quedé viva.

La cosa es que cuando por fin me saca, yo estaba temblando y él también, yo tosiendo y volteo y la cetáceo seguía en el teléfono, la pareja de neandertales seguían con el changuito, la familia asiática competía a algo. Nadie nos miraba, nadie dijo nada. Yo los traté de verlos a los ojos y ellos desviaban la mirada.

Y me di cuenta de algo asqueroso de la humanidad: el racismo, las masacres, los crímenes, las muertes por hambre, la pobreza, el asesinato de maestros y estudiantes, todas esas cosas no pasan por maldad o crueldad netamente humana. NO. Pasa porque la gran mayoría de la gente es indiferente.

Estos no eran israelíes vigilando palestinos o policías atacando dizque criminales, eran mis vecinos, con quien comparto jardín, estacionamiento y alberca, a quienes he visto cientos de veces y ellos a mí, y casi me ahogo, gritando y pidiendo ayuda frente a sus ojos bovinos. No porque sean malos, sino porque son indiferentes.

Así que estoy asqueada y adolorida. Triste de humanidad y con pocas esperanzas hacia el futuro. Tan cierto y atinado lo que cantaba Gardel.



Mejor maullar, ¡miau miau!

16.8.14

Los superpoderes de las migrañas

No sé si ustedes sepan pero la gente migrañosa tiene súper poderes. 

No me refiero a que es capaz de aguantar dolores que al resto de la población los tumbaría, (cosa que es cierto, porque cuando me disloqué el brazo y se me atoró en la costillas yo lo único que decía es “bueno, al menos no me duele la cabeza”. Me acuerdo que cuando llegué al hospital en dicha condición fue una de esas que el médico residente me ve, hace una cara medio verde vómito y va y le llama a todos sus amigos. Para cuando me lo acomodaron había como 20 doctores presentes.)

Anyway, no iba a hablar de mi brazo, sino de los súper poderes. Cuando uno tiene migraña uno se hipersensibiliza, uno es capaz de escuchar a una araña caminando en el otro cuarto como si fuera Fred Astaire zapateando, si hay un vecino a 100 metros uno puede distinguir por el olor la marca de su desodorante, todos los objetos tienen auras y rayos saliéndoles, uno puede prácticamente ver en la oscuridad.

Claro, si no fuera porque la nausea y el dolor de cabeza bloquean todo y lo hacen a uno revolcarse en la cama, los migrañosos seríamos los amos del mundo.


Nota interesante: hace como 3 meses me enteré que hay una kriptonita que elimina al 80% de los migrañosos, se llama suplemento mineral magnesio. Así es, parece que la migraña ocurre en parte porque hay una deficiencia de magnesio. El problema es que si uno se pasa de dosis se suelta de la panza. Pero llevaba ya más de 3 meses sin migraña aunque siempre estoy cerca de un baño.

 
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